La Isla de los muertos

La Isla de los muertos

Cuaderno de Apuntes


El agua se desliza con mansedumbre por debajo del muelle hasta llegar a la orilla. Allí, cientos de piedras cubiertas por capas de musgo verde son ahogadas una y otra vez solo para ver después como la marea se retira, escurriéndose entre ellas, cautelosa como una fiera que acecha esperando todavía alguna reacción de su presa. Sobre el muelle un chico espera, sentado sobre uno de los bordes laterales con las piernas pendiendo hacia fuera. En sus manos lleva algo, acaso un collar. Pero no uno lujoso, de oro o piedras preciosas. Este está hecho de caracoles de mar. Encargado a un pescador de los que tanto van al palacio a vender su mercancía. O mejor dicho, al único pescador que en realidad va al palacio porque es amigo de Paolo, de los demás solo llega el olor a sudor fundido con el del pescado que en ocasiones también compra Caridad, la negra encargada de la cocina. Pero Paolo es hombre simple. Es por ello que tiene costumbre, siendo de alta cuna, de gustar de la conversación de la gente común. Quizás porque siendo mediterráneo es también hombre de puerto y de mar y lo une a este pescador algo más instintivo que un título, que el lecho donde duermen, los sirvientes, el idioma, y por último, el patrimonio del que disponen. Ante todas estas diferencias que se interponen, o mejor dicho, por debajo de ellas, socavándolas, minando sus bases hasta hacerlas caer como cosa superflua, está ese olor que los trasciende. La infinita presencia del mar que siempre llevan, estén donde estén, en sus narices. Hasta parece ya impregnada en la piel. El suave rumor sin el cual se antoja imposible relajarse puesto que el completo descanso, ese dejarse estar, solo es dable en compañía de las cosas conocidas, es por ello que ese arrullo es imprescindible hasta el punto de cerrar los ojos y entregarse a él porque ya habita estampado en la memoria. Y por último la polisémica sensación del azul. Un azul que tiene una identidad térmica. Ese vapor que calienta primero la nuca y luego se dispersa por todo el cuerpo y casi ciega los ojos, insufrible para quien no haya nacido cerca del mar. Un azul caliente, da lo mismo que sea agosto o diciembre, que proyecta sobre la superficie ondulante destellos luminosos de una tonalidad plateada. Y que en ocasiones también se muestra como enfadado y entonces luce turbio y los pescadores dicen que está revuelto. Otras veces, en cambio, parece de una sabiduría ancestral y se mueve con gran parsimonia, mostrando diminutas crestas de espumoso blanco. Todo eso lo comparten Paolo y el pescador, es como una hermandad sustentada sobre un acto primitivo, como el de la adoración del fuego. Solo que ellos no se sientan alrededor de una fogata. Su culto no es sobre algo re-creable que cuando termina el ritual puede ser apagado y continuar con la vida corriente. El objeto de su adoración los trasciende y condiciona sus existencias, les habla en todo momento, es una presencia que no se puede ignorar, como el Dios de los cristianos. Y es esta íntima conexión entre el pescador y su abuelo lo que ha percibido el chico sentado sobre un costado del muelle con las piernas pendiendo hacia fuera. Por eso se le acercó a aquel una tarde cuando regresaba junto con Paolo de una de sus vueltas en bote y en un momento en que el abuelo no los veía le pidió de favor que le trenzara un collar de caracoles igual al que llevaba puesto. Y como el pescador preguntara si era para él y recibiera la negativa, solo expresada con un gesto de la cabeza seguido de un silencio más que elocuente, comprendió que la destinataria era una fémina. Entonces le había hecho este que ahora lleva entre sus manos, mestizas por el anverso, notablemente rosadas las palmas, mucho más fino y trabajado, ignorando acaso que la depositaria de aquel gesto no era una dama de sociedad sino una recogida en el palacio. Pero para el chico sentado sobre un costado del muelle con las piernas pendiendo hacia fuera eso no importa. Qué más da si también él es un recogido. Uno arrojado hacia la frontera de dos mundos. Es negro y no ama el tambor, tampoco le gusta el baile y no entiende la lengua de los Orishas. También es blanco pero rechaza toda la ciencia de los libros en la biblioteca de Paolo porque no encuentra vida en ellos. Las historias contadas boca a boca por gente que no sabe leer ni escribir y es media supersticiosa tienen un encanto especial, casi mágico, seducción de barracón donde todo es posible. Cuento de camino, de esquina, donde la pedantería académica no encuentra sitio. Solo aquel Sócrates le parece sabio porque todo lo que sabía era que no sabía nada, justo como él. Y acaso solo en eso consista la sabiduría. En tener la capacidad de sentir y expresar lo que es común a todos los hombres sin importar lo accidental de cada cual. Quizás habría amado Sócrates igual que él. Y también, quizás, habría esperado en un muelle hasta caer la tarde, con un collar de caracoles entre sus manos de hombre. De blanco y de negro y de ninguno de los dos, solo de hombre que ama. Y el chico sentado en un costado del muelle con los pies pendiendo hacia fuera se pone de pie hasta ser solo Tirso, hijo de Ignacio, hijo de Paolo. La espera ha sido en vano. La sorpresa postergada. La alegría en los ojos de ella cuando le fuera entregada la prenda y el brillo anhelante en los de él ha sido frustrado. Nada de eso sucederá, al menos no este día que ya muere. Entonces el collar será guardado en un bolsillo del pantalón. Luego al entrar por la puerta trasera del palacio alguien le interrogará con docilidad dónde había estado que Don Pablo había preguntado varias veces por él y nadie le ha podido dar respuesta. Él replicará que con solo asomarse a la ventana lo habrían visto en el muelle y que además no era un señorito para que tuvieran tanta pendencia con él. Pasará por el amplio comedor y del frutero va a tomar dos naranjas que llevara para su alcoba. Allí sacará el puñal que siempre lleva en un costado del pantalón, regalo de Paolo, y con él va a partir cada fruto en cuatro, la manera más fácil de comerlos, siempre pensando que ella no fue.
Ahora ya es noche cerrada y la brisa entra silenciosa en la habitación. Lo inunda todo con un aroma salvaje, animal. Trae olor a mundo. Tras de ella la puerta se cierra silenciosa. Camina en puntillas de pies por toda la estancia y sus pasos son como el roce de la seda. Tirso se percata de su presencia y siente una roña que empieza a calentarle la sangre. La brisa suave, con cautela, se introduce por debajo de las sábanas hasta tocarlo. El vestido de noche que lleva parece diluirse sobre su piel y Tirso siente que también la brisa está febril. Y lo que primero fue roña ahora es calentura, fiebre que nace en el bajo vientre y se extiende entre las piernas. Entonces la brisa que es mujer se vuelca sobre Tirso, hijo de Ignacio, y lo besa despacio, le muerde morosa los labios, lo mira con sus ojos entrecerrados de gata en celo, le sopla sobre el rostro su respiración. Ella está allí, como casi todas las noches, pero faltó a la cita. No estuvo en la tarde ni en el muelle ni frente a la bahía ni sintió el azul en sus ojos y en la nuca. La brisa lo monta con bríos hasta arquearse los dos y quedar hechos una sola masa informe. Ella mordiéndole sobre la clavícula derecha, justo en el trapecio, él con sus dos brazos estrechándola fuerte contra su pecho. Después la brisa se hace a un lado y cae bocarriba sobre el lado izquierdo de la cama. Su respiración es irregular. Se hace un silencio de palabras no dichas. El ambiente es denso, de fluidos intercambiados y de sudores aun jadeantes. Finalmente ella se sienta sobre un borde de la cama con los pies pendiendo hacia fuera. Tirso ve la silueta de hembra perfecta, los dos pequeños hoyuelos justo donde comienza la espalda baja. A diferencia de él ella no espera nada. No ve el azul, ni escucha el suave rumor del agua jugueteando entre las piedras cubiertas de musgo verde. La brisa permanece indiferente a todo ello. Segura de sí misma, de la efímera belleza de sus veintiséis años y de la inalcanzable ventaja que le lleva a los quince de él. Se pone de pie y ya no es la brisa que se halla sentada sobre un borde de la cama con los pies pendiendo hacia fuera, sino solamente Carmen, quien recoge el vestido de noche que llevaba puesto cuando entró en la habitación y se deslizó encima del lecho. Con gran arte se introduce en un solo movimiento hacia el interior de la prenda. Luego camina con el mismo paso armonioso con que un rato antes entrara y el vestido ancho ondula insinuando, para una vista experimentada en cuestiones de cataduras, toda la excelencia de aquel cuerpo. Tirso mira al techo atrapado entre la displicencia de la carne y el mudo rencor del espíritu. Oye el inequívoco ruido del llavín al cerrarse la puerta, señal de la irremediable huida de Carmen, e imagina los pasos inaudibles del otro lado del corredor. Ya mañana la tendrá por otro pedazo de noche, así ha sido durante los últimos seis meses. Tener y no tener. Debajo de la almohada el collar de caracoles parece rememorar, como un reproche sutil, todas las aventuras sufridas por el pescador para coleccionar cada pieza de la cuenta.

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