Feijóo: huellas de Martí/ Ponencias en la Peña del Júcaro Martiano

Feijóo: huellas de Martí/ Ponencias en la Peña del Júcaro Martiano

Por: Axel Li

“El hombre que escribe versos no ha cumplido con su pueblo escribiendo los mejores versos si su conducta cívica ha sido deshonrosa (…) Bien simple es. El valor de la persona radica en el servicio entero prestado a su pueblo y al mundo, en su expresión propia (…) Como cubano ejemplo: el poeta José Martí, hombre completo, de expresión propia, en todos, fundadora y saludable”.

Samuel Feijóo.1

En las cercanías del 20 aniversario de la Peña del Júcaro Martiano, no puedo empezar sin una mínima evocación. Será un alto necesario, antes de entrar en (la otra) materia.2

Recuerdo con cierta nostalgia el casi punto de partida, en mi caso específico, de aquel encuentro anual que comenzaba a crecer en los años 90: en sí, momento de diálogo, de aprendizaje, de suma. Homenaje desde la naturaleza como símbolo-pretexto y, en particular, de la expresión botánica de una especie como el júcaro, el que fuera sembrado en tres puntos de la ciudad a modo de arcada trinitaria y simbólica: inspiración en la magia del tres. Fue una acción. Una herencia que generó un ícono, firme y hermético: difícil de memorizar en sus más mínimos detalles.

Entonces, el que llamamos convento de La Merced, era el punto de cada cita. Allí tuvo un período corto. Conflictos y mal intenciones, echaron el proyecto de unos pocos del templo… Rápidamente hubo una solución. La solución devenida tradición y con coordenadas muy precisas hasta hoy: Rosario 220. Justo aquí ha pasado casi todo. El ámbito doméstico ha tenido nuevas funciones en una larga tarde-noche, a la que previamente hay que dedicarle esfuerzos entre tensiones y sobresaltos logísticos.

De simple espectador atento, sobrevino la primera invitación para hablar ante los demás. Mientras pude, asistí para ver y escuchar. Martí era y fue, por mucho tiempo, el eje de aquellas peroratas apasionadas de unos y todos: los asistentes (habituales, renovados y distanciados). Se escuchaba y luego había más diálogo en todas direcciones. El compromiso con el texto y el legado martianos era la razón de mi presencia año tras año, al menos, nominalmente entre los fundadores y continuadores: obsequio que me dio un día el anfitrión-guía. Hoy integro las filas de los ausentes. Desde el 2007 no intervenía a viva voz en la Peña del Júcaro: así la llamamos, así la conocemos.

Por primera vez estoy a través de la escritura (leída) y de la intención híbrida: Samuel Feijóo-José Martí. En realidad, un encargo de ese anfitrión-guía que me marcó con el Júcaro —y muchas otras enseñanzas— y, en reciprocidad, yo lo marqué a él con las begonias, los umbráculos… y la grafología. Eso creo. Esta vez ha sido Feijóo, porque estamos en su centenario. Martí, porque esy debe ser la constante de esta Peña. Fundirlos no es gratuito. Fácil y rápido sería decir: Samuel era y fue martiano; demostró y vivió al máximo aquella que es prédica y, además, preciso eje del Maestro: con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar

Mi intención es reflexiva y con el ánimo de esquivar lo más obvio: los juicios más fáciles que el Feijóo más adulto generó del Martí poeta. Martí fue poesía y política en la encarnación verbal de Samuel. En tanto, el José Martí visual, yo todavía no sé cuál pudo ser en él. Si es que fue alguna vez. Ignoro el posible Martí dibujado o pintado por y a lo Feijóo antes, después o durante la Revolución. Y el punto referencial tampoco es gratuito. 

Traigo, pues, una tesis y muchas incógnitas. No son propuestas investigativas con resultados concienzudos o atractivos. No los veo así, porque investigar es también un arte y un adentrarse en las esencias (in)visibles. Son apenas reflexiones sobre ciertas huellas evidentes que nos acercan a Samuel con José Julián: hombres puros y observadores. Inquietos. Con metas precisas. Entre José Julián y Samuel median muchas distancias. Aunque el mutuo punto común es también la palabra (escrita) y el anecdotario que sobre ellos pesa y que, incluso, existe en disímiles bibliotecas. Y en la oralidad. Nos bastaría con atender, elegir, leer, opinar. Buscar. José Martí no requiere de presentación. Con Samuel es otra la cosa.

Muchos no conocimos ni vimos a Feijóo trajinando o quieto. Varios sí tuvieron la (des)dicha. Pero todos podemos descubrirlo. Sentir y deducir las posibilidades del anecdotario y de su legado disperso entre libros, originales y colecciones. Pueden haber sorpresas y convencidos, como es el caso del poeta y periodista Yamil Díaz Gómez, quien escribe en 1997: “Si soy amigo de Samuel Feijóo, puede que se lo deba al hecho de que jamás lo conocí. Es decir: no fui víctima de sus desplantes. Nunca me dio la bienvenida sentado en su inodoro, ni me invitó a ‘almorzar’ tres pedazos de caña, ni me dejó con la palabra en la boca para ponerse a conversar con un chivo. Tengo el gusto de no haber estrechado la mano de Samuel, ni haberle oído el tempestuoso y criollo ‘¡Alabao gato!’; en cambio, yo también añoro las locuras de aquel hombre silvestre”.3 Otro tanto diferente pudiera citar ahora, porque bien valen a veces los buenos matices biográficos. El siguiente es un recuerdo infantil de Silvia Padrón, lectora y estudiosa de Feijóo:

Vi por única vez a Samuel Feijóo, cuando yo tenía 10 años, en un homenaje que se le hacía en la Casa de Cultura de mi pueblo (Ranchuelo) por el 65 aniversario de su natalicio. Aquel día iba vestido, como era su costumbre, con ropa muy humilde, de gente de pueblo. Se le preparó un gran cake que quiso cortar con un machete, aunque manifestó que habría preferido un catauro de frutas tropicales. A mí me pareció muy interesante esa experiencia. Sin embargo, hace poco tiempo una persona que también estaba presente ese día me contó que había llevado a su hijo, más o menos como de mi edad. Él había dicho, antes de la actividad, que lo llevaría a conocer a un escritor muy importante, pero cuando llegaron al lugar padre e hijo se sintieron decepcionados. El adulto no supo qué responder cuando el niño le preguntó con asombro: “Papá, ¿y este es el escritor[del] que tú me hablabas?”.4

Samuel Feijóo con un pulover en el que se lee «Yo soy un hombre libre». (Revista Signos, segunda época, No. 67, 2014)

Samuel fue un temprano lector de José Martí. Sus memorias así lo confirman. Samuel era un excelente y exquisito colector. Más allá de los escritos martianos de su interés que copia y memoriza, de tempranos versos que le dedica a Martí, llaman la atención además dos recortes de rostros del Maestro: bosquejos impresos que añade y superpone en los años 30 al lado de versos varios. ¿La apariencia? De palimpsesto, bitácora, registro del día a día. Eran los días de lo que Feijóo llamó el libraco de recortes,5 en el cual “pegaba los versos que recortaba de periódicos y revistas, por carecer de dinero para comprarme un ‘álbum de recorte’”,6 acota a modo de pie de foto para la imagen de la vieja página que reproduce en sus memorias. En tal página están esos dos Martí a modo de guía visual, pero ¿cuán distantes de los versos martianos? En ese material de los años 30, “se encontraban —y se encuentran, pues aún conservo el libraco— poemas (…) No más de tres poemas por poeta. Bien pegados, bien cuidados. Algunos poemas me gustaban mucho. 45 años después los leo (…)”.7 Su mirada eligió dos representaciones, hoy casi desconocidaso poco familiares, recortándolas a modo de bustos. Encima del Martí de perfil de su interés, hay cuatro de los versos sencillos: “Tiene el leopardo un abrigo (…)”. Versos impresos y que aísla y pega. Pero antes, en la secuencia de la narración de sus memorias, Feijóo advierte que el 19 de mayo de 1932 y el 13 de mayo de 1933, escribe para el Maestro: inspirado en él. Primero es una suerte de epístola limpia y sincera. Feijóo reproduce el facsímil y añade como pie de foto: “Ante los crímenes y robos de la tiranía de [Gerardo] Machado, mucho leía a Martí. Tras una de sus lecturas escribí esta página de poeta adolescente”.8Texto breve en el que resaltan tempranas variables: “Para ti maestro, para ti encarnación terrenal del idealismo tengo la más roja flor del jardín fragante de mi vida (…)”; ansía y sueña con la aprobación, de ahí el “Acéptala Maestro”del final. Casi un año después le brota el breve poema “José Martí”:

Fuiste maestro la feraz simiente

de un triste campo donde germinaste,

y cuando al fin de tu misión llegaste

sin ver el premio a tu labor paciente

no por eso del campo te alejaste;

¡en un monte de paz te convertiste

y con tu propia sangre lo regaste!9

Alguna que otra vez, visto desde nuestro presente, Samuel Feijóo obró con gracia y cordura en un instante o una fecha de los años 40 y 50 los que, en otros individuos, son un hecho más notorio. Ya desde entonces, Feijóo existíaculturalmente. Ya era. Miraba, escribía, vivía. Su sed de observador lo movía; su necesidad creativa hacía de la escritura un depósito infinito de ideas y hechos, anécdotas y juicios. El dibujo y la pintura no quedaban fuera: eran, por supuesto, un necesario manantial, un modo de construir otros mundos con más gentes y entornos. Sus trazos eran imprecisos, bullangueros, propios, antiacadémicos. Dibujaba como quería. Pintaba como podía: mirando a su alrededor, entre originales ajenos, preguntando quizás. Estuvo cerca de ciertos modernos del arte cubano, pero su arte pictórico nacía de modo temprano con la finalidad del acumulo. Requería dibujar y pintar, pero logró ¿mejores? inserciones tempranas entre los literatos. Virgilio Piñera lo había señalado en 1945 cuando advierte: “(…) ya en esa época (va a hacer una década) Feijóo escribía versos. Figura entre los poetas de la Antología de la Poesía Cubana 1936. Poesía cubana que pasaba en aquel entonces por una fiebre altísima de subjetivismo (…)”.10 Que sepamos, nadie se fijó en el Feijóo artista. En el sentido de contemplarlo para una exposición en La Habana, donde no residía, pero a la cual acudía por razones varias. Exponer allí, tal vez, no era todavía un atractivo. Porque, eso sí, varios —cubanos y extranjeros— sabían de los garabatos de aquel que era más que pincel. Lo supieron por varias vías. Como fue el caso de Amelia Peláez, de quien dejó dicho (por escrito), luego de un encuentro con ella en 1947: Amelia tiene “muy buenos finos juegos lineales. Me prestó un libro del poeta Plácido. Está muy interesada en mis dibujos y cuadros”.11Al parecer, Feijóo se exponía mejor a través de originales suyos que eran mostrados en los intermedios de conversaciones culturales de amigos; de tempranos librosque hizo; de cartas para sus amigos, las que acompañaba con dibujos propios. Su táctica era más intimista, eterna, porque perdura(ría) a diferencia de una exposición: suceso efímero en sí. Su sueño era el papel, la edición, la imprenta, el trabajo colectivo que hermanara a lo tipográfico con lo visual. En tal voluntad descubrió cierto encanto. Encontró emociones. Sentido de vida. A cambio, obtuvo elogios, comentarios, por la vía de cartas. A Feijóo le gustaban y solía guardarlas. Su instinto era el de un archivero cultural. 

Llegado el momento quiso exhibir en el capitalino Lyceum. Sería con su amigo y coterráneo Ernesto González Puig. La gestión había sido suya. Para el verano de 1952 estaba coordinada la exposición. Sin embargo, la muestra “fracasó porque ni Ernesto ni yo pudimos conseguir dinero para montar en marcos nuestra pintura, ni para alquilar un auto que la llevara, junto con nosotros, y nos trajera a Santa Clara”.12 El cronograma del Lyceum quedaba así alterado.

Retrocediendo, en 1947, ha recordado Feijóo en su autobiografía que habla de Martí en la Academia del Bejuco: “A los asistentes a la academia di una conferencia sobre Martí antiyanqui./ De ella quedan unos apuntes, citas del pensamiento martiano, tomado de sus cartas y de sus artículos para La Nación de Buenos Aires”.13 Habría una segunda, que titula “Martí y la politiquería”, destinada también para sus “amigos de la ‘Academia del Bejuco’. En un viejo papel mío aparecen solamente algunos de los pensamientos que cité de José Martí y la politiquería de su tiempo (y de todos los tiempos) escritos por él (…)”. Reproduce varios. Algunos de ellos son:• Un déspota no puede imponerse a un pueblo de trabajadores.• Un gobernante que falta al programa por el cual se le elige, es un ladrón al puesto que ocupa.• Jamás debe apartarse de los cuidados públicos la gente honrada.14

El punto “culminante” sería 1953: año del primer centenario del natalicio del Maestro. Como su proceder artístico y sus afinidades eran de otra índole, no asociamos a Feijóo con algunas de las varias acciones, que conocemos, para celebrar tal acontecimiento. Como cubano siente y evoca la fecha patria de un modo distinto, aunque muy similar a la de ciertos artistas que también protestan. La suya es una protesta de alcance nacional en defensa de valores, principios y de los más pobres que viven en una República y que se hacen llamar campesinos. En y para ellos escribe a propósito del centenario de José Martí. En la popular revista Bohemia deposita unos dardos críticos y así los titula: “Martí en rosas blancas” (10 de mayo de 1953) y “Martí y la pureza política” (26 de julio de 1953). Desde la óptica bibliográfica son hasta ahora los dos tempranos escritos suyos sobre Martí. Pero, ya sabe, apenas a simple vista. 

Algo pasaba hacia aquel 1953. Algo que Feijóo también denunció desde el soporte periodístico, pero que antes había elaborado y pensado como texto escrito y visual. Miguel Ángel Quevedo le había abierto las páginas de su revista al fotorreportero, porque lo de Feijóo eran crónicas además ilustradas, con fotografías propias, de la vida de nuestros campesinos. 

“Notas del Centenario” es el cintillo que tienen a modo de encabezado o estrategia editorial, pero ambos textos integran una serie que es radiografía doblemente mortal.Las cronologías de Samuel Feijóo advierten de sus colaboraciones periodísticas de denuncia en 1952 y 1953 y que suyas son también las fotografías. En sus memorias nos expresa (y, con perdón, no me limitaré):

Continué yendo a los campos donde se explotaba y atormentaba con la miseria al campesinado, para denunciar tamaños abusos con tan buena gente, “la mejor masa nacional” como afirmara José Martí (…)Llevaba mi cámara y fotografiaba los hechos (…) Por muchos años fui repórter (fotógrafo y escritor) de la revista Bohemia, atacando el abuso social en nuestra patria. Pero escribí también, en aquellos años, crítica de arte (…) Era yo un activo artista y pensador, un testigo-en-acción, que recorría los campos cubanos por años, sufriendo la miseria campesina a la vez que gozaba la belleza del paisaje. Ese sufrimiento me llevó a la denuncia pública de las causas de la miseria del campesinado, de su abandono oficial, en variada prensa, pero sobre todo en la revista de mayor circulación en Cuba, Bohemia, cuya pauta editorial lo permitía (…) y fotografiaba para ofrecer pruebas irrefutables del tan cruel abandono de los sin trabajo, los hambrientos, los campesinos impedidos de llegar a la cultura y a los aprendizajes (…) 1953 fue un año muy pródigo en mis reportajes, de denuncia de todo tipo (…) Ello me ocasionó una grande simpatía popular, la que a veces me asombraba, dado que Bohemia era leída por todos los cubanos (…).15

Más recientemente, la especialista en arte Beatriz Gago ha visto en sus colaboraciones de Bohemia aciertos. Para ella, Feijóo con “mordaz verbo, sin temores ni tapujos, documentó para la prestigiosa revista cubana la ausencia de atención médica en el campo cubano, suplantada por la sombra lóbrega del curandero y el horror del tiempo muerto, como ciclo fatal de vida en el que se asfixiaba la familia guajira (…) Le dedica una increíble crónica a la labor del desmochador de palmas, mostrándonos un ejemplo de heroísmo casi desconocido tomado de la vida real e igualmente denuncia, con una visión adelantada, la extinción del monte cubano (…) Tanto lograría hermanarse con la espiritualidad de la cultura campesina a través de la apropiación de su mapa simbólico y de su mitología, como establecer un compromiso social, denunciando las precarias condiciones de vida de aquella población, tan mayoritaria como olvidada por todos”.16

Asociado a su primer ensayo escrito-visual, redacta desde Cienfuegos una carta el 25 de abril de 1953 a la revista, en particular, a uno de los cercanos colaboradores del director Quevedo. A Ortega, “que atendía mis reportajes en la revista”,17 le informa en esa carta que “Martí en rosas blancas” es el nuevo texto que remite, “el cual posee, según creo, la cualidad martiana de aunar el éxtasis al dinamismo, o sea: con el texto central entro al pensamiento martiano más puro y con las fotos entro a la acción viva, lo ‘social’ actual, cosa tan amada de Martí. De este modo las fotos dinámicas se unen al texto extático para formar un solo cuerpo”.18 Tanto ese como “Martí y la pureza política” participan de la filosofía del texto principal y de otro secundario, que existe a modo de pies de fotos: parrafadas, muy explícitas y directas. Compositivamente sus líneas quedan casi hermanadas, pues los “sub-textos” que acompañan a las fotografías de actualidad pueden leerse de modo arbitrario. Lo mismo casi ocurre con ambos artículos inspirados en Martí. Son casi unidades autónomas sus partes, en las cuales lo cita, reflexiona y critica parte de su presente. El más apasionado, y el más sobre Martí, es el del día 10 de mayo. En ese se pasea por símbolos de una poética —ajena y propia— que repercuten en la enumeración y ejemplificación: las palmas, las rosas (blancas), la muerte, la noche… Se asombra y analiza Feijóo: “Guerrear sin odio fue su consigna. Así lo predicaba, guerrero original, guerrero distinto, mago de una guerra que quería blanca. ¡Qué extraña prédica la suya, llena de alusiones poéticas(…) con sorpresas como aquella de nombrar, en plena locución conspirativa, a las palmeras patrias, ‘novias que esperan’, como conmovedora excitación a la pelea!Encendía Martí a los errantes cubanos de su tiempo con una imagen poética iluminada de nostalgia”.19 Ya en el final, cae Feijóo en la muerte como destino y hecho real. Revoletea y encuentra el camino para afirmar: “En un carro de mucho verde le llevamos a su morir, en un carro hojoso, centelleante, que cruza los caminos de América conduciendo a su tumba imposible a un hombre extraordinario, un hombre ‘loco de luz y hambriento de verano’, sabio cultivador de la rosa blanca del amor entero, alimentada de su sangre de poeta (…)”.20 (Décadas después, el artista Vicente R. Bonachea lograría alcanzar esa visión del Martí fallecido y tendido en un sublime carrito de vegetación; me refiero a la pieza objetual En un carro de hojas verdes, 2000).

“Martí y la pureza política” se sitúa en la órbita de los políticos y los destinos políticos de ciertos sectores en los años 50. Tema de opinión, como solía tratarlos Bohemia y tantas publicaciones de entonces en Editoriales o artículos de reflexión. Busca Feijóo en el Maestro aristas para juzgar y enunciar. Martí es cuando más un comodín para iluminar aquel presente, calzado en el pensamiento martiano. La entrada ya nos lo indica: “La pasada reunión en Montreal entre políticos Auténticos y una facción de los Ortodoxos hizo del tópico de la pureza política una actualidad cubana ruidosa y abrupta, mantenida durante semanas hasta hoy (…)”.21 No obstante, demuestra nuevamente de sus lecturas martianas. Evidencia que cada idea que le inquieta puede ser respaldada con doctrinas de Martí. Las fotos ofrecen ese contrapunteo ciudad-campo,los actos cívicos y los niños en formación. Las que corresponden al anterior, “Martí en rosas blancas”, son un tanto similares en intención, pero una es distinta: una escultura a Martí lo irrita, al no encontrarle encantos artísticos que niegan el simbolismo con que está la Isla inundada de las representaciones tridimensionales sobre el Maestro. Retrata la pieza para fustigarla. Ella evidencia señales de un tipo de modernismo en la figuración martiana, aunque menos osada que la de Juan José Sicre para la figura del Martí en el monumento de la entonces Plaza Cívica de La Habana. Como “Feas imágenes”, así titula-encabeza el pie de foto de ese otro Martí que elige para negarlo: “A Martí, tan preocupado por las Bellas Artes, se le han erigido numerosas estatuas, carentes de belleza. He aquí, por ejemplo, un adefesio en piedra, en el parque de Cruces, Las Villas, levantado a su memoria. Uno de los mejores homenajes que, por respeto a Martí, debe efectuarse en este año de su centenario es el de limpiar de estos esperpentos los parques, plazas y plazuelas de la Nación. La Dirección de Cultura debe eliminar, por decoro estético, todas estas falsas esculturas que ya nos lastiman demasiado”.22 Quizás conocía el llamado Martí hirsuto (1952), busto en yeso patinado de su amigo escultor Mateo Torriente, y en el que Feijóo pudo reconocer cualidades superiores y tomar como patrón. Obra desconocida, en exhibición en la actualidad en el Museo Provincial de Cienfuegos. Además de la amistad de ambos, en la casa cienfueguera de Torriente fue donde existió desde los años 40 la ya mencionada Academia del Bejuco, donde se “dibujaba y se modelaba. Ocurrían sesiones de noble música (…) y se daban lecturas amistosas y fundamentales de poesía y de estética varia y abierta (…) Era aquel como un oasis dichoso, sí (…) allí estábamos, activos y cándidos”.23

En lo personal, no logro imaginar a Feijóo sin trazar sobre el papel, una tela o cartulina algún bosquejo de un Martí iracundo en líneas y, tal vez, en colorido. Me lo imagino en la Academia del Bejuco en algún instante, procurando dar con su (mejor) Martí visual: ese que hoy no conocemos del también Samuel Feijóo artista. Es difícil pensar que desde la imagen no haya realizado un Martísentado, enmarañado en la naturaleza, dialogando con las aves, atento con el verdor y la variedad de nuestra campiña… Una imagen de ficción, como tratado: sería ideal. Pero nos entorpece una clave de Samuel y que debemos retener: “No explicar nada. No esclarecer nada. No descubrir nada. No innovar nada. No inventar nada. Nada de eso me tortura”.24 Por consiguiente, sería posiblela inexistencia de su(s) Martí, porque otros artistas como él o nunca lo ejecutaron o lo hicieron tardíamente por puro compromiso. Habiéndolo leído, defendido y promovido, ¿acaso Feijóo nos dejó sin su propio retrato de José Martí?, ¿pudo suceder?

En este 2014 tendría lugar una exposición homenaje por el centenario de Samuel en el Memorial José Martí, La Habana. Fui convencido de poder apreciar, por fin, el posible Martí de Feijóo. Sin embargo, no hubo nada: ninguna señal visual que cumpliera con mis expectativas como crítico de arte. Era la ocasión para hacerlo (y mostrarlo). Mas, allí no estaba. 

Todavía no sé si pudo ser la tela o el papel el soporte para dibujarlo-pintarlo. Veo para José Martí, a través de Samuel, el uso de ambas técnicas de una imagen que no me canso de imaginar. Otra imagen que rebase la temprana visión poética de Feijóo de Martí en la variante de “monte de paz”, según la cual, Martí ya es paisaje, manigua, monte. Su rostro sobre él podría ser ese por consiguiente: el de la diversidad vegetal, la encarnación de la naturaleza insular.

Ni tan siquiera sé si existe el retrato del hombre. Insisto.Bien pudo ocurrir el acto artístico en plena manigua, sobre una hoja equis o el tronco de una palma. Tal vez, el Martí visual de Samuel Feijóo pudo estar en los adentros de nuestro paisaje. Pudo dejarlo a la intemperie, entre el calor y el rocío, la lluvia y la noche. Sería ese, con certeza, el mejor museo para un Martí a lo Feijóo. ¿Tendremos que buscarlo?, ¿documentarlo?, ¿vale insistir?

Es evidente: hay mucho que buscar aún —e interpretar— entre sus papeles y acumulaciones gráficas. Esencialmente lo leyó, en toda su extensión. Lo pensó en voz alta. Es imposible negar lo martiano en Feijóo en otros horizontes que, perfectamente, bien pudieron ser. Creo, como de costumbre, en las huellas… ocultas.

Habrá que buscar con obstinación. Invocar y recitar —por ahora— algún texto suyo a modo de estrategia cómplice. Opto por su poema “La cortina de gargajos”:

Gracias a ti, cortina maravillosa,

he podido sobrevivir.

Me has evitado la gloria,

el triunfo, el despegue, la

crónica de inlaborioso fuego laudatorio,

el film consagratorio, 

el sillón académico

cagado por todas las mariposas

(…)

Oh gargajo

benemérito: ayúdame.

De rodillas te lo suplico.

¡Sálvame del cronicón,

la inmortalidad, el pedestal de papel rosa,

el jediondo tibor de la fama! (sic)

Sálvame:

déjame esta libertad para vivir

(…)

Si nos fijáramos bien, pregonó sobre su libertad. Una secuencia fotográfica recoge el hecho en el inicio de la década del ochenta. Feijóo además de actuar, con cara de asustadizo y loco, readecuaría luego una de las fotografías de aquel día: dibujándola, alterándola con líneas y apuntes manuscritos. Añadidos que necesitaba, pero sin tapar el gran mensaje (ajeno) que llevaba sobre sí. Es el día en el que lleva puesto un pulóver blanco, que tiene impreso un texto bien diseñado y con sabor a cubanía: “Yo/ soy un/ hombre/ libre”. Resulta ser este un nuevo enunciado en el que quedan excluidos e implícitos —al unísono— dos vocablos cruciales y que parten de Martí: sincero y palma.

En el “Yo/ soy un/ hombre/ libre”, lo demás resulta obvio(siguiendo la fórmula martiana): por tanto, Samuel Feijóoculto era. Lo fue. Todo lo sugiere desde su pecho. Así quedó retratado: ¿por casualidad?

Del “poeta José Martí” aprendió ese mensaje. Y otros más.

[2014]

Notas:

Samuel Feijóo: Segunda alcancía del artesano. Universidad Central de Las Villas, Dirección de Publicaciones, [Santa Clara], 1962, p. 169. 

2 Nota de 2021.— El presente texto, a solicitud mía, fue leído por Alenmichel Aguiló en la 20 Peña del Júcaro Martiano, que no pudo celebrarse el 27 de diciembre de 2014… Esa vez ocurr(ir)ía un triste e imprevisto suceso familiar: “El Júcaro se pospuso para la semana próxima pues ayer por la tarde falleció Pito, el viejito de Almanza (…)”, me comenta Alenmichel en mensaje escrito —sms— del día 28. Por tanto, la edición 20 sería realizada propiamente el 3 de enero de 2015. Desde la enfática lectura del gentil Aguiló, ha estado guardado e inédito.

De esta ponencia haría pronto una versión/variación más ensayística y con otros elementos de no menos interés y bajo un nuevo título: “Feijóo: huellas (no) evidentes de Martí”, la cual guardé también por un período largo. Elvia Rosa Castro la acepta para su weblog sobre artes visuales en el verano de 2020. Y a causa de su ¿extensión? es publicada en dos partes: elsrcorchea.com/2020/06/30/feijoo-huellas-no-evidentes-de-marti-parte-i, elsrcorchea.com/2020/07/07/feijoo-huellas-no-evidentes-de-marti-parte-ii. 

3 Yamil Díaz Gómez: “El Samuel que no conocí”, en su Los dioses verdaderos. Editorial Capiro, Santa Clara, Cuba, 2005, p. 54.

4 Silvia Padrón Jomet: La dimensión cultural de Samuel Feijóo. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, p. 20.

5 Samuel Feijóo: “El sensible zarapico. (Autobiografía de un hombrecillo insignificantillo). Un documento social, cultural, folklórico cubano”, Signos, Santa Clara, No. 27, enero-diciembre, 1981, p. 437.

6 Ibídem, p. 438.

7 Ibídem, p. 437.

8 Ibídem, p. 425.

9 Ibídem, p. 426.

10 Virgilio Piñera: “Samuel Feijóo: Camarada celeste”, Orígenes, La Habana, año II, No. 5, abril, 1945, p. 50.

11 Samuel Feijóo: El sensible zarapico. Editorial Letras Cubanas, [La Habana], 2013, p. 212.

12 Ibídem, p. 223.

13 Ibídem, p. 153.

14 Ibídem, p. 154.

15 Ibídem, pp. 230-232, 308.

16 Beatriz Gago: “Feijóo: otra perspectiva”, El Correo del Archivo, La Habana, No. 20, 31 de marzo de 2014. 

Boletín electrónico, que circula(ba) vía e-mail, del (ex) Archivo Veigas. Arte Cubano, La Habana.

17 Samuel Feijóo: El sensible zarapico, ed. cit., p. 322.

18 Ibídem, p. 323.

19 Samuel Feijóo: “Martí en rosas blancas”, Bohemia, La Habana, año 45, No. 19, 10 de mayo de 1953, p. 211.

20 Ibídem, p. 216.

21 Samuel Feijóo: “Martí y la pureza política”, Bohemia, La Habana, año 45, No. 30, 26 de julio de 1953, p. 20.

22 Samuel Feijóo: “Martí en rosas blancas”, Bohemia, La Habana, año 45, No. 19, 10 de mayo de 1953, p. 212.

23 Samuel Feijóo: Mateo Torriente. Consejo Nacional de Cultura, La Habana, Cuba, 1962, p. 16.

24 Samuel Feijóo: Libreta de pasajero. Editora del Consejo Nacional de Universidades, Universidad Central de Las Villas, [Santa Clara], 1964, p. 158.

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