ZONA V.I.P (1) / Horror vacui

ZONA V.I.P (1) / Horror vacui

ZONA V.I.P (1)
Colectiva en / NG Art Gallery /8-9-19


Hacía buen tiempo que no recorría un viacrucis tan tortuoso como el de esta noche. Luego de presenciar la exposición de Adriana Arronte en Villa Manuela, asistí a la de Toirac en La Acacia, y de ahí, tras una hora de espera por el P 12 en el Parque del Curita, a V.I.P (1) en NG, una galería de nuevo tipo en el Vedado. Sin dudas, la Santísima Trinidad, una experiencia puramente cristiana, con todo el estoicismo que conlleva una peregrinación de alto perfil como la que me había atribuido. Ya desde Villa Manuela, nunca antes de escanciar toda la bebida, muchos asistentes empezaron a fraguar su éxodo para NG: “Vamos, ¡aquello va a estar muy bueno!”. Dos horas y media después, cuando ya ni recordaba sus caras, aquí encontré a todo el Pueblo de Israel tras la huida de Egipto, ebrios ya, sumados a una Nueva Generación de gente apasionada por los canapés de pollo, la buena y abundante bebida, y, desde luego, por el arte. No tengo que explicar que, tras el calvario de un anochecer pegajoso y ajetreado, fui rápida víctima de cuanto pecado se ofrecía.

De unos años a esta parte han comenzado a medrar espacios privados, para la exhibición de arte, de muy diversa naturaleza. Casi todos los que conozco intentan promover arte contemporáneo de artistas noveles, algunos con formación, otros autodidactas. Muchos de los espacios tienen facilidades o vínculos directos con instituciones oficiales, fundados y o dirigidos por músicos, actores, o artistas visuales, de reconocimiento. La gerencia de otros espacios, cuyo pedigrí o genealogía ignoro, parecen navegar con igual suerte, pues desconozco los beneficios o tropiezos legales que una galería privada pueda acarrear. En un siglo, el espectro socio-cultural de la Isla se ha abierto considerablemente, escalando del tradicional encuadre del azúcar, tabaco, ron, música y mulatas, a un percentil que incluye danza (clásica y contemporánea), música sinfónica, teatro, cine y artes visuales; además de otros renglones, por ejemplo, científico -técnicos. Antes decían que en Cuba levantabas una piedra y salían cien músicos, y ahora el pedregal se ha multiplicado para casi todas las artes, con buen oficio y formación, solo que no hay dinero para pagar ese calibre (por las razones consabidas).
Aquí las cosas se saben facturar bien. En materia de plástica, si te tiras por el muelle San José, en La Habana Vieja, vas a ver cualquier cosa, desde obras cargadas de buena hechura, algunas muy efectistas para garantizar la venta, pasando por la artesanía decorativa e ingeniosa, hasta la farsa más chapucera, de lo que se puedan llevar como suvenir la media de los yumas, confundidos como están por el calor tórrido del trópico. Muchos artífices han salido de esa masiva cantera para estas galerías emergentes de las que hablo, escalando poquito a poco; y otros han tenido que bajar, de golpe, apelando a ese tipo de mercado de casillero, temporalmente, por aprietos económicos. Vivir del arte no es cosa fácil, como pudiera creerse, pero aquí hay arte potable para el ojo que lo descubra. El mercado del arte cubano es un negocio periférico a escala global. Muchos “marchantes” vienen con cuatro pesos en el bolsillo y pueden hacer zafra con algún proyecto de galería o compra, para revender en otras latitudes. Otros vienen y pagan porque le hagan copias, o, para mejor decir, que simulen el tipo de arte que se hace en otros mercados inaccesibles para sus economías, porque son conocedores de lo bueno y barato que resulta hacerlo aquí. Para el nivel adquisitivo y la correlación de precios, a cualquier artista cubano le vendría a la perfección echarse esos cuatro pesos en el bolsillo.

Todo artista tiene su mecenas, que puede ser desde el Vaticano hasta un hermano. Casi todo lo que vemos colgado en los museos y galerías del mundo fue remunerado de alguna manera… o robado, según sea el caso. Promediando lo que comentaba con anterioridad, varias generaciones de artistas del patio han tocado la flauta del éxito, acompañando a Wifredo Lam, entre los que logró mejor cabeceo, como artista cubano de reconocimiento internacional. Algunos de estos creadores, vivos, poseen obras en prestigiosas instituciones del mundo; unos se han largado con su recompensa a cualquier lugar, otros se han quedado y han revertido su plata en el fomento del arte local, ¡porque el fomento alivia! En este último caso también está, por qué no, el interesado foráneo, honesto, que hace su negocio con dignidad.

NG, galería de la que desconocía su existencia hasta que fui convidado por los elementos conminatorios en Villa Manuela, exhibe una muestra de artistas pertenecientes a diversas generaciones y tendencias, pero todos muy bien vendidos y conocidos. De ahí que el título de la muestra sea el que tiene, con un (1) a continuación, porque parece que habrá una saga.
Obras de Iván Capote, Roberto Diago, Roberto Fabelo, René Francisco, Manuel Mendive, Pedro Pablo Oliva, y alguien a quien había dejado hace una hora en La Acacia, José Ángel Toirac, conforman la nómina. Distribuidos en un espacio no muy grande para exhibir arte, pues se trata de una construcción doméstica, el montaje resulta sobrio y bien cuidado, a pesar de la nutrida asistencia de público. ¡A buena hora para NG y los espacios privados de exhibición!, más allá de su peso crítico. El arte cubano necesitaba de estos respiraderos para oxigenar y diversificar con asiduidad sus puestas en escena.

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