Libro de Samuel

Libro de Samuel

Desde el colectivo Ánima tenemos la dicha de presentar este nuevo proyecto del escritor cubano Ramón Hondal.  

Libro de Samuel

El proyecto de escritura de este libro no sería un intento de ensayo, tampoco un libro teórico sobre la obra de Samuel Beckett. Nace de la búsqueda de los efectos, de los síntomas, de los posibles lazos que la experiencia de leer a Beckett en Cuba produce. 

¿Ayuda el panorama cubano, con todas sus particularidades, a leer “mejor”, a un determinado acercamiento, o de forma diferente, ese mundo en apariencia ajeno como es el universo beckettniano? 

Este libro sería una especie de diario, a la vez que análisis, de cómo la obra de Beckett ha encontrado en un determinado lector (yo) un ojo que capta su absurdo y su dolor, incluso su ironía y patetismo, en esta isla lejana, y como ese lector le ha incorporándolo a su vida, a su filosofía.

El autor-lector irá escribiendo a lo largo de las semanas a medida que relea los textos que ha escogido de Samuel Beckett, para así construir este proyecto, ese Libro de Samuel que se moverá entre los textos del autor de Esperando a Godot, el panorama cubano y la vida personal de ese autor-lector que seré. 

Mis compañeras, 1962
Autor Antonia Eiriz
Tinta sobre papel [123×150] cm 

Innombrado

Ser “algo”

Aparece con lo innombrable un espantoso malestar físico. Se siente que las extremidades se han acortado, convertidas en muñones. Se mira los dedos y se sospecha que ya no están, que dejaron de ser, que se comienzan a antojar pequeños trozos cóncavos, deformes. Lo mutilado ocupa al cuerpo, el ego cede hasta que en algún punto deja de resistirse para entregarse a ser miseria.

Se mezcla la estructura de un texto con el tema de una novela, llega el dolor de reconocerse cuerpo entumido, olvidado por una mente quebrada a medida que la visión se esparce por las letras que lee. Poco a poco eso innombrable ocupa todo, lo vuelve vacío, es una mutación, un virus o una infección, porque mientras más avanza la lectura y esa ausencia de voz donde clama un cuerpo, más se siente muñón. 

Era la soledad absoluta, era la verdad de la precaria comunicación, era la ausencia de posibilidad, era la pérdida de cualquier intento para poder “ser”. Era una isla que carga un país donde todo comienza a mostrarse ajeno, caído, sucio, hueco, roto mientras ese cuerpo a la vez significa eso mismo: lo ajeno, lo caído, lo sucio, hueco y roto.

​Tampoco se quiere servir a esa forma isleña de querer ser la única forma, única especie, cosa especial que nunca antes ha sido. No. Ser un innombrable en esa manera beckettniana no es ser víctima de un suceso expresamente mandado por el cielo a este sitio, ser innombrable es lo humano. Hay aquí, eso sí, algunos reflejos trágicos, humorísticos, cínicos, filosóficos, en los que uno puede anclar El innombrable como habitante particular de este espacio, de esta isla.

Hay algo de un ahogo, de querer intentar un último grito, y lo máximo que se logra es un chillido sordo que se convierte en conciencia física de incomunicación mientras se va apartando a un rincón sabiendo que lo único que resta es raspar las cuerdas vocales contra las palabras, esperando una limosna de ese órgano para resistir otro día y narrarlo, hacer aún un gesto para traducirlo en atención, en un afecto, un leve arañazo de imposibilidad detrás de la lengua.

En esa isla, gracias a Beckett, muchas veces el dolor físico sucede a través de la voz de ser nadie. Eso que allá afuera, arremete contra uno. Eso, ser lo que clama todo el tiempo por su espacio. Eso, todo lo que está roto y sucio.

Ser “jeta”

Andar las calles sintiendo esos rostros, esos mismos rostros que según le han contado José Lezama Lima descubría casi quejándose de ellos, sorprendido de que existieran y ante los que se sentía expatriado, expulsado de esa tamaña cosa brutal, interrogando si era solo él quien podía al parecer reconocer su horror gestual. 

Su pregunta: “Oiga, ¿usted también ve esas jetas en las calles? Pero, ¿de dónde salen?” 

Una observación beckettniana de Lezama ante el horror de estar frente a tales rostros, esos que pierden su humanidad y se convierten en “jetas”, prototipo que para Lezama formaba parte capital de la isla, de un país obsesionado en una Cultura Nacional que era defendida a gritos, donde solo cabían esos rostros, y de donde ese sorprendido Lezama quedaba excluido, porque son el férreo golpe que aparta y machaca cada diferencia. ¡Y vaya si Lezama en la isla era diferencia!

Esas jetas eran para Lezama la Cultura Nacional que le exiliaba, eran el signo mayor del horror de la violencia que cargaba ese isleño típico que sin piedad aullaba su “ser cubano”.

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