La isla de los muertos

La isla de los muertos

Con mucha alegría les compartimos desde el colectivo Ánima algunos adelantos de la novela “La Isla de los Muertos’’ del joven escritor cubano Fidel Enrique Merlo. Realizada hace unos años, es retomada por el autor y está en proceso de revisión y edición. A continuación les dejamos con una apretada síntesis de la novela y su primer capítulo.  


La Isla de los Muertos (2015) es una novela corta ambientada en la Habana durante la segunda década del presente siglo. Un joven aspirante a escritor (Román) y su hermano -un adolescente insertado en el narcotráfico-, así como Gabriel -uno de los millones de jóvenes olvidados por el fantasmagórico proyecto socialista cubano- se constituyen como los protagonistas de esta historia. En ella se narran los avatares por la subsistencia de sus personajes en una ciudad derruida, agonizante, cruel. La amistad, la familia, la paternidad, la Historia y la imperante necesidad de afirmación de una identidad que se encuentra en constante actualización y que a cada paso amenaza con desvanecerse constituyen los principales tópicos de este relato.


                   
1

No hay ni vergüenza, mi chama. Esa fue toda la respuesta que tuvo del carnicero al  preguntar si al fin había llegado el pollo de población. Nada que hacer. ¿Qué diría el  Wittgenstein de todo aquello? Si los límites del mundo son los límites del lenguaje, y el  mundo es mi mundo, entonces este hombre, sudado y maloliente, con la ropa empercudida  a fuerza de tanto uso y poco detergente, encargado por una suerte de providencia  comunista de ser quien repartiera el maná a gran parte de los habitantes de Cayo Hueso,  era un fiel ejemplo de que el mundo era pequeñísimo. ¿Con qué figura lógica se podría  representar todo aquello? La bodega en penumbras, el olor a cigarro, el calor asfixiante,  niagaras de sudor salado, las intrépidas cucarachas que ensayaban sprints a lo Asafa  Powell mientras sorteaban los obstáculos en el mostrador. ¿Y las paredes? Bien, gracias,  mostrando resignadas cicatrices de añejos combates; versus la indiferencia, la escasez, la  ineptitud, las más armas efectivas con que nos ha herido el tiempo en su asedio. Como  para escribir una Historia del cerco de la Habana. Pero ahora es mejor dar marcha atrás  y salir a luchar algo; eufemismo que para los cubanos significa algo así como que en casa  no hay nada que comer y la calle se muestra como la única opción, prodigio del mercado  de intercambios.  

-¿Qué bolá, asere?  

-¿Qué hay?  

-Tan buscando una línea de teléfono.  

-¿Cómo se llama?  

-Setecientos.  

-¿Y cómo sería la cosa?  

-Sei pa el dueño, medio tronco pal Punto y piedra fina pati y pa mí.  -Me cuadra. De hecho, me parece que ahora mismo tengo la jugada. La jeva de San  Lázaro, la que alquila. Ella lo que tiene es una extensión que le tiró el Chispa. Pero tú  sabe que él es un apretador, que cada vez que está pa meterse unos buches le pide que le  pague adelantao. Y según ella esa cantaleta es todos los días, y ya anda como por quince  pesos al mes.  

-Bueno, papi, échale el disparo que esto está que arde.  

-Nos vemos en el parque dentro de hora y media.  

Ya se verán en el parque, con el sol como testigo, y uno le dirá al otro que la Pechugona  -la jeva de San Lázaro- se apretó, que dijo que sí, que su hermana que estaba con un  alemán podía tirarle un cabo, pero que siete era demasiado, que ella no le podía pedir  tanto y que tampoco su hermana se lo iba a dar. Además, que llevaba poco en el negocio  y todavía no había levantado presión. Qué bueno, si le daban la posibilidad de pagarlo a  plazo… 

-No sé, tendría que hablar con el Punto -dice con aires del Pensador el intermediario, el  segundo en la cadena alimenticia -.  

-Pero lo de nosotros sí tiene que ser a la mano. Porque yo no como a plazos -dice el tercero  en la cadena alimenticia. 

-No, no, seguro. Sino no hay chen.  

Que es lo mismo que decir que no hay negocio, que se frustró la operación en el Cayo  Hueso Trade Center, sito en cualquier esquina del afamado barrio. Al final las  negociaciones no prosperan con el Punto, que es momento ya de decirlo, no es un  sustantivo propio sino un sucedáneo que utiliza el intermediario para no revelar la  identidad de quien está detrás de la transacción y así no le tumben a él su jugada. Y los  dos terminan por botarle a la Pechugona cuatro sacos de escombros de la construcción  de otro cuartico que está terminando para alquilar por horas, claro, pa que el negocio  crezca y poder levantar presión. Porque no hay dinero pa comer, pero pa pegar tarros y  kimbar siempre se inventa, y todo por seis cuc.  

Ciertamente, si se le atribuye al buen Wittgenstein algo de acierto tendríamos que  convenir en que para cada hecho, atómico o no, hay una figuración. A no ser que  justamente por ser todo esto un sinsentido carente de lógica no pudiera ser simbolizado  por proposiciones coherentemente formuladas, o no existiera acaso simbolismo lógico en  el mundo capaz de acercarse de veras a la realidad. Entonces –siguiéndole la rima al  austríaco-, es probable que toda la vida, o al menos una gran parte de ella, no sea. Es  decir, que hubiese sido una proyección mental, el sueño de alguien que durmiendo  fantaseara a jugar con la existencia incorpórea de millones de personas. Quizás nos soñara  Brahma, un Brahma soberbio y tropical. No hay palabras. De lo que no se puede hablar,  mejor es callarse. Entramos en el terreno de la mística. Que suerte la de Wittgenstein de  no haber vivido en esta Cuba, como cubano, claramente. Lo más probable es que hubiese  terminado loco como tantos se ven hoy en las calles de la Habana, maldiciendo la hora en  que había rechazado la herencia.  

El tercero en la cadena se llama Gabriel, y si se ha seguido el hilo de lo dicho hasta aquí,  se entiende que es quien entró en la bodega con más resignación que esperanza para  preguntar por el pollo de población. Pero ahora, a mediodía, entra en la casa que le quedó  de herencia de sus abuelos y que para no desentonar con el contexto ni llamar la atención  del jefe de sector está, como él mismo dice, hecha talco. Y eso no por voluntad propia  sino de la divina providencia, del sueño idílico de Brahma. Si, el de una sociedad donde  obreros e intelectuales coman lo mismo y se vistan igual, si puede ser como espartanos  mejor, todos con la túnica rojita. Un poco caprichoso este Dios -para el cual utilizamos la  mayúscula porque es el único y verdadero, y de paso para no herir su orgullo propio-, y  además cultísimo, que ha hablado tantos idiomas como intereses hay, y ahora, finalmente,  se ha abierto a todos, vendiéndole su sueño con emanaciones y todo a la inversión  extrajera, y al carajo la sociedad espartana con sus homoioi, sus éforos, su asamblea, y su  diarquía. Bueno, lo de la diarquía puede esperar, al final todas esas eran mariconadas de  los griegos, que aquí lo que hay es que eliminar las gratuidades. Pero Gabriel piensa en  todas estas cosas de pasada y sin orden, como recuerdos inconexos de sus conversaciones  con Román, el único amigo que tiene, o al menos el que ha estado ahí cuando la cosa se  ha puesto jodía de verdad. Porque ahora se va a dar un baño para quitarse el polvo del  cuerpo que así como está tiene pinta de albañil en plena faena, y él puede no tener casi  ropa, o la poca que tiene estar llena de remendones, pero lo que si no soporta es andar  sucio. Coño, pobre pero con dignidad. Después quizás salga a buscar una cajita de comida  para el almuerzo y compre otra que guarde pa porla, y como son tres los cuc que le  tocaron, con el que le sobra va a comprar cigarros y unos panes para antes de acostarse.  Mañana será otro día.

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