Memorias de un espectador

Memorias de un espectador

Sergio dirige su telescopio sobre la ciudad que de una u otra forma se dispone a desaparecer.

En el itinerario anterior visitamos la casa de Dámaso Gutiérrez Cano (1865-1930). A la reconocida labor de mecenazgo de este gran emprendedor le debe La Habana construcciones notables como su propia casa en Patrocinio 103 (1913),  en la Víbora y la Sección de Confecciones (1914),  en la comercial calle Muralla,  ambas obras del proyectista catalán Mario Rotllant.

Del mismo tronco familiar y de padre igualmente originario de la ciudad de Burgos,  en el año 1928 nace en La Habana, un 11 de diciembre, Dámaso Tomás de la Caridad Gutiérrez-Alea. Justamente por tratar de seguir una tradición familiar de emprendimiento y comercio, Dámaso Gutiérrez,  dueño de una agencia de marcas y patentes,  le exigiría a su hijo estudios universitarios de abogacía. No obstante, con la misma generosidad de aquel otro antecesor y en vista de las inclinaciones artísticas del joven Tomás, Dámaso sostuvo durante cinco años las clases de piano del hijo con uno de los más reconocidos maestros de su época, Cesar Pérez Sensenat y luego, en 1951, al graduarse de derecho, le facilita sus estudios en el Centro Sperimentale di Cinematografía en Roma. En 1953, Tomás Gutiérrez-Alea visita París y luego viaja a España. Allí, con la guía certera del pintor cubano Servando Cabrera Moreno, conocerá,   entre otras, la ciudad de sus ancestros.

A su regreso a La Habana Gutiérrez-Alea forma parte del grupo que funda la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Esta sociedad,  bajo el auspicio del Partido Socialista Popular,  rostro visible del partido comunista en el clandestinaje, impulsa la realización del documental El Mégano. Tomás Gutiérrez-Alea colabora en él junto a otras jóvenes figuras de la futura cinematografía nacional. De esta etapa igualmente es su trabajo en cortos publicitarios para Cine Revista. Al triunfo de la Revolución en 1959 Gutiérrez-Alea sería uno de los fundadores del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), primera institución cultural de envergadura creada por el nuevo gobierno. Su posterior obra cinematográfica es una de las más sólidas del cine realizado durante el periodo revolucionario en Cuba.

Alea fue un hombre de una definida vocación ideológica. Su formación marxista lo acompañó aun después de haber comprobado el fracaso en la práctica de las predicciones socialistas. Hombre de gran discreción, fue parco al hablar de sus antecedentes familiares,  su niñez y adolescencia burguesa no formaron parte de sus remembranzas públicas. En 1986 se reencontró en New York con su única hermana luego de largos años de distanciamiento tras su exilio temprano. Sus padres, igualmente inconformes con el proceso revolucionario cubano,  murieron en Cuba. Tomás Gutiérrez Alea falleció en La Habana el 16 de abril de 1996.

La película.

El 19 de agosto de 1968,  se estrenó la película Memorias del Subdesarrollo,  adaptación de la novela homónima del escritor cubano Edmundo Desnoes y dirección de Tomás Gutiérrez Alea. Con anterioridad se había exhibido en el ICAIC y en el cine Riviera a estudiantes universitarios para ser debatida,  como era habitual,  antes del estreno oficial. 

Sinopsis. (Según el guión de Memorias del Subdesarrollo publicado por ediciones ICAIC,  2017).

Cuba, 1962. Sergio, un diletante burgués,  se niega a acompañar a su familia que parte al exilio en los EE.UU. El derrumbe real de su mundo y su inconsistencia ideológica le impiden incorporarse al proceso revolucionario incluso durante los días de la crisis de octubre.

En la aun incipiente industria cinematográfica revolucionaria la película reunió a un grupo de muy capaces colaboradores. Miguel Mendoza, en la producción; Ramón F. Suarez,  en la fotografía; Nelson Rodriguez,  edición; Leo Brouwer, en la música; Umberto Peña,  en el diseño de créditos y en la escenografía y vestuario Julio Matilla. Sergio Corrieri, Daisy Granados, Eslinda Nuñez y Omar Valdés  en los roles principales y en secundarios Yolanda Farr, René de la Cruz, Ofelia González y José Gil entre otros.

Julio Matilla. Su memoria.

Julio Matilla nació en Camagüey en 1928. Realizó estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes de La Habana, San Alejandro y completó su formación viajando por Europa. Participó en la intensa vida cultural habanera hasta el momento de su exilio. Julio Matilla reside en Francia.

A pesar de su excepcionalidad,  apenas se menciona y hasta se suele pasar por alto la labor de Julio Matilla en la decoración y diseño de vestuario de la película Memorias del Subdesarrollo. Hombre culto y de una sensibilidad muy especial, su labor razonada,  sutil y precisa, aportó códigos visuales que enriquecieron significativamente la narración de una obra que se precia de ser de las más inteligentes y logradas del cine latinoamericano de todos los tiempos.

La locación.

El espacio desde el que Sergio se cuestiona lo que sucede a su alrededor, Alea siempre lo pensó para uno de los apartamentos dúplex del edificio Naroca, en Línea y Paseo, en El Vedado. Luego, por circunstancias de la producción, se decidió filmar en los apartamentos KL y KM del edificio Focsa, igualmente en El Vedado. Las dimensiones de los apartamentos del Focsa y su distribución espacial permitieron mayor movilidad a la cámara y facilitaron el trabajo del equipo durante la filmación. La altura del Focsa y las vistas hacia La Habana desde su terraza acristalada, sugirieron las escenas del telescopio que no estaban descritas en el guión inicial. Las escenas en la entrada al edificio y el parqueo en el sótano sí se filmaron en el Naroca.

El apartamento de Sergio.

El apartamento ha sido abandonado recientemente por la esposa de Sergio. Se puede apreciar cierto desorden dentro de un orden que mezcla, muy convincentemente, el gusto banal de ella y el cultivado y más exigente de él. La sala, con cómodos y elegantes muebles tapizados, se abre a una terraza acristalada. El dormitorio está provisto de una cama muy amplia y cortinas en las paredes. Un apartamento de clase media y de claras influencias racionalistas. Todo muy del gusto burgués de los años cincuenta cubanos.

La utilización de una nutrida y bien seleccionada colección de arte cubano en la decoración del apartamento, resulta de gran interés. En el recibidor una idílica pareja de muchachas semidesnudas de Víctor Manuel reciben al visitante. Sergio ha despedido a su esposa en el aeropuerto con evidente alivio. Estas obras, al lado de la puerta de acceso,  están muy presentes cuando Sergio se dispone a recibir a Elena o durante las llegadas intempestivas de esta. En su primera visita al apartamento Elena lanza a las muchachas una rápida mirada recelosa. En la sala, detrás del sofá, el decorador dispuso un grupo de piezas atractivamente enmarcadas. Obras de autores habituales en los apartamentos de la clase media habanera de la época. René Portocarrero y Amelia Peláez, por ejemplo,  representados aquí por un paisaje y una espléndida naturaleza muerta. El conjunto sirve de fondo en las secuencias de la conversación con Elena y en la del interrogatorio que le hacen a Sergio funcionarios del Instituto de la Vivienda. En las viviendas cubanas la pared sobre el sofá suele ser destinada a la representación de las aficiones o el estatus del propietario. En la secuencia de la conversación con Elena, Sergio comparte con esta su colección de arte en un mismo encuadre aunque a ella le sean indiferentes. En la otra secuencia, sin embargo, el protagonista permanece en subjetiva y los funcionarios, de espaldas al conjunto en la pared, le interrogan durante un minuto y cuarenta y cinco segundos sin corte. Los funcionarios observan a su alrededor con desconfianza y animadversión. Los objetos que les custodian representan el pasado burgués que se combate, el origen de todos los males. Sergio pregunta para qué es todo aquello y le responden que “esto es para un control” . El universo de Sergio está siendo amenazado. En otro momento de la narración,  en la misma sala del apartamento y sobre una elegante cómoda,  impacta una obra de Wifredo Lam, máximo exponente de la síntesis cultural americana y de las problemáticas del subdesarrollo. Sergio, el individuo, expectante de un proceso transformador y violento,  habita un espacio de poéticas enfrentadas y coexistentes. El lienzo de Lam es presentado durante la secuencia en la que Elena y Sergio montan sus respectivos performances de seducción. Ella se desplaza por la habitación, se detiene ante el mueble y revisa algo en él distraídamente. Se tiene la impresión de que en este breve encuentro a ciegas entre Elena y la femme-cheval de Lam, hemos comprendido de golpe las claves del personaje. 

De entre las piezas de arte contemporáneo cubano, oleos y esculturas, vallas, murales y carteles, diseminados en el apartamento de Sergio y a lo largo de todo el metraje de Memorias del Subdesarrollo, merecen mención aparte las obras de los pintores Ángel Acosta León y Cundo Bermúdez.

En la introducción al apartamento de Sergio aparece, durante un lento paneo, una pequeña obra de Acosta León discretamente enmarcada y sobre una estantería uno de los desatados y fantasmagóricos tarecos mecánicos característicos del pintor. En el guion original, Memorias del Subdesarrollo comenzaba con el suicidio de Sergio en su apartamento. La historia se concebía como un racconto. Se afirma que nunca se llegó a filmar dicha escena. Ángel Acosta León se suicidó en 1964. La obra descolgada sobre la estantería resulta un rastro de aquella asociación. El desconcierto y la terrible angustia de la inadaptación hacen de Sergio, el personaje de Edmundo Desnoes, y de Ángel Acosta León, el pintor que se lanzó a la hélice que lo traía de regreso a La Habana, marineros de un mismo barco.

Las escenas de Sergio y Elena recorriendo las salas del Museo Nacional, en el guion original se dedicaban a una exposición de Lam y debían ocurrir en 1961. La exposición que visitan Sergio y Elena en la película, es una retrospectiva que se le dedicó al desaparecido pintor Acosta León en 1967. Un evidente anacronismo que ni aun los espectadores que vieron la película en el momento de su estreno encontraron inadecuado.

Mural de Cundo. 

Sergio deambula por museos, librerías, los portales de la calle Galeano y el barrio del Vedado. En su recorrido conoce a Elena en los bajos del edificio Radiocentro, en la céntrica calle 23, en El Vedado. Ella, vestida muy formalmente, espera algo al pie de la escalera del restaurante El Mandarín. Frente al Radiocentro aun lucía en todo su esplendor el Hotel Habana Libre,  antiguo Habana Hilton (1958),  una torre de 27 pisos que se observa desde todos los puntos de la ciudad. Sus autores Welton Becket & Asociados y los cubanos Gabriela Menéndez y Nicolás Arrollo, contemplaron la inclusión de numerosas obras de arte de reconocidos autores cubanos entre los múltiples atractivos de la edificación. En la fachada principal un mural de Amelia Peláez en mosaicos cerámicos es el mayor de su tipo en el mundo. Y en la fachada lateral a la calle 23 se ubicó otro de Cundo Bermúdez que lamentablemente fue retirado años después. En el instante en que Sergio al cruzar frente a Elena le piropea las rodillas, el mural de Cundo aun causaba la admiración de los transeúntes y enorgullecía a los habaneros. Elena responde al piropo con un mohín, duda un momento y sube las escaleras también. Con paso azorado sobre sus altos y delgados tacones negros recorre la galería exterior de Radiocentro. Sergio, que no ha dejado de observarla, se le acerca, se acoda en la baranday la interpela: ¿esperas a alguien? Detrás de ellos, en la acera de enfrente, el mural de Cundo Bermúdez se despliega en toda su extensión y maravillosa luminosidad.

Este tramo de La Rampa continúa siendo el epicentro de la capital habanera.

El desaparecido mural de Cundo Bermúdez ha sido olvidado. 

Sergio cruza la Plaza de la Revolución.

En una mesa redonda, en la Biblioteca Nacional, un grupo de intelectuales ha expuesto su punto de vista sobre la literatura y el subdesarrollo. Un norteamericano, entre el público asistente, cuestiona si el método empleado no es antidemocrático.

Sergio camina solo por la plaza. Es un punto insignificante en medio de una enorme área vacía.

Voz de Sergio: 

No entiendo nada. El americano tiene razón. Las palabras se devoran las palabras y lo dejan a uno en las nubes, en la luna, a miles de millas de todo. ¿Cómo se sale del subdesarrollo? Cada día creo que es más difícil. El subdesarrollo lo marca todo. Todo. ¿Y tú qué haces aquí abajo, Sergio? ¿Qué significa todo esto? Tú no tienes nada que ver con esa gente. Estás solo. En el subdesarrollo nada tiene continuidad,  todo se olvida,  la gente no es consecuente. Pero tú recuerdas muchas cosas. Recuerdas demasiado. Dónde está tu gente, tu trabajo, tu mujer. No eres nada,  nada. Estás muerto. AHORA EMPIEZA,  SERGIO, TU DESTRUCCION FINAL.

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