Jesús del Monte o Avenida Diez de Octubre

Jesús del Monte o Avenida Diez de Octubre

Un viejo camino avanzaba desde La Habana,  bordeaba una loma, y un monte despoblado llamado desde mucho antes Jesús del Monte, allí en lo alto de dicha loma, existía ya a finales del siglo XVII una ermita de igual nombre.

El camino, abierto a lo largo de los años entre la maleza, servía al trasiego entre La Habana y caseríos de la zona y otras poblaciones más al sur. En 1796 la Junta de Fomento, entidad encargada, decidió empedrar el viejo camino de Jesús del Monte que no había dejado de ser útil y que cada vez cobraba más importancia vial y comercial.

Las autoridades coloniales contabilizaron detalladamente lo gastado en la ejecución de la obra así como los detalles constructivos para que este emprendimiento sirviera de base a otros de magnitud similar que la ciudad requería. Según consta en archivos, en cinco meses se trazaron 13 500 varas cuadradas de carretera, por las que se pagaron casi cuarenta mil pesos. Se tuvo que realizar una excavación de 400 varas de largo, 17 de ancho y un cuarto de profundidad. Se emplearon alrededor de 100 hombres y fue necesario consumir 10156 carretadas de piedra.

El camino de Jesús del Monte, convertido en una gran calzada ahora, mantuvo su nombre inicial hasta que en 1918, a solicitud de la Asociación de Emigrados Revolucionarios Cubanos, varió por el Avenida Diez de Octubre. Y, aunque en 1935, no sin grandes debates a todos los niveles sociales, quedó establecido por la dirección del país el nombre moderno de Avenida de Diez de Octubre, en el pertinaz imaginario popular al viejo camino, más transitado y anchuroso, continúa  llamándosele indistintamente por ambos nombres. 

La calzada o avenida que conocemos hoy comienza en la nombrada Esquina de Tejas, serpentea a lo largo de varios kilómetros densamente poblados y termina en el Entronque de La Palma. 

Desde finales del siglo XIX y sobre todo a lo largo del periodo Republicano, la calzada y sus alrededores vivieron un acelerado proceso de crecimiento y desarrollo. Así, fue una de las primeras arterias de la capital en tener líneas de tranvías, lo que le permitía una rápida conexión con el centro de la ciudad y luego, con la desaparición de este medio de comunicación, se estableció un paradero de guaguas con varias rutas que mantuvieron una rápida y eficaz conexión urbana. 

La avenida o calzada, verdadero y floreciente muestrario de servicios, logró ser en pocos años un espacio suficiente en el que no era necesario desplazarse hacia otros sitios para abastecerse o buscar recreo y esparcimiento. Una medida de lo anterior: solamente de frente a la calzada funcionaban siete grandes cines: Gran Cinema (1939), Apolo ( 1939), Gran Cine (1937), Florida (1949), Tosca (1942), Martha (1947-1948) y el Moderno (1930), primer cine que usó elementos decorativos del Art Decó en La Habana. 

En la calzada edificaron sus viviendas y levantaron sus numerosos y muy prósperos negocios una clase media e incluso media alta que convivió, como suele ocurrir en avenidas de antiguo y extenso trazado, con obreros, trabajadores y otros individuos de equivalente situaciónsocial que contribuyeron con sus anhelos y esfuerzos a lapujanza de la zona, en su momento devenida en una de las más influyentes de La Habana.

La Calzada de Jesús del Monte o la igualmente entrañable Avenida Diez de Octubre, se encuentra  actualmente en un lamentable estado de inhabilitación urbana y decadencia. Tal vez su esplendor haya desaparecido para siempre. Sin embargo, al más simple recorrido por los portales y columnatas de la calzada actual, en las variadísimas fachadas eclécticas de sus mansiones y ricos palacetes en ruinas, en los innumerables y diversos comercios, bancos, oficinas, agencias, servicios de todo tipo y carácter, hoy clausurados o demolidos total o parcialmente, o transformados en urgentes tugurios por el cubano de ahora mismo, su nuevo e inescrutable habitante, en la calzada desastrada aun es posible entrever el persistente testimonio del pasado.

En la Calzada de Jesús del Monte (1947).

Por la Calzada de Jesús del Monte transcurrió mi infancia, de la tiniebla que era el vientre de mi campo al gran cráneo ahumado de alucinaciones que es la ciudad. Por la Calzada de Jesús del Monte, por esta vena de piedras he ascendido, ciego de realidad entrañable, hasta que me cogió el torbellino endemoniado de ficciones y la ciudad imaginó los incesantes fantasmas que me esconden. Pero ahora retorna la circulación de la sangre y me vuelvo del cerebro a la entraña, que es donde sucede la muerte, puesto que lo que abruma en ella es lo que pesa. Y a medida que me vuelvo más real el soplo del pánico me purifica.

Y sin embargo, aun tiene tiempo la Calzada de Jesús del Monte para enseñarme el reverso claro de la muerte, la extraña conciliación de los días de la semana con la eternidad.

En el orbe tumultuoso si bien estático de sus velorios, metido en el oro de su pompa, allí se abren por primera vez mis ojos; de allí me vuelvo al origen.

                                                                                                         Eliseo Diego.

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