Horror Vacui/ Gif me love

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Horror Vacui / La Cultura es un efecto residual y recíproco de la conducta y conciencia humanas, que tiende a registrar, codificar y perpetuar todas y cada una de sus acciones, físicas y mentales, a través de interpretaciones que no dejan espacio para la asimilación del legado cósmico. Esta sección del Observatorio Entrópico de Palatino, recoge algunas de esas manifestaciones de atiborramiento intelectual, que tan necesarias se han hecho en la vida social de nuestra especie.

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Jorge & Larry / EL APARTAMENTO, 10/9/19



” Mirtha, yo no entiendo cómo es que funciona la monería esta…, ¿Por qué no me contestas, por el amor de Dios…?”
Señora intentando comunicarse por WhatsApp en la ruta 5 de taxis urbanos.
Todavía suceden milagros en el mundo. Aún hay gente que habla a viva voz, cara a cara, aunque no tenga que ser obligatoriamente junto a una hoguera, en una noche de parada en el camino. Todavía hay gente que no sabe lo que contiene ese rectángulo lustroso, que parece una réplica a menor escala del monolito embaucador de “2001, odisea del espacio”. Hace pocos años, en Angola, una antropóloga me contó de un Soba (líder espiritual y administrativo en las comunidades), que no se cansaba, en honor a su rango, de sobar su móvil, sabiendo que era preciado, pero del que apenas conocía su utilidad; de hecho, lo tenía envuelto en un paño, guardado en un pequeño mueble junto a otros objetos de la más diversa valía. También, aunque no estemos ubicados en plena jungla mediática, conozco a otra gente, porque me conozco, que no tenemos mucho interés en controlar y ser controlados, localizar y ser localizados; no siempre para amar y ser amados.

El mundo contemporáneo parece un bazar de la historia humana, completamente fragmentado en términos culturales, más determinado por nuevas fisuras económico tecnológicas, que por las diferencias naturaleza-sociedad que existían en el siglo XV, cuando se cruzaba la frontera del gran estallido globalizador. Hay gente que no se puede entender hoy en día, aun hablando la misma lengua. Ya mis relaciones sociales más cercanas me pueden dejar con la palabra en la boca para atender el reclamo del rectángulo luminoso, y más tarde hablarme de cualquier otra cosa que no venía al caso, o preguntar: ¿Qué me decías? Parecería una introspección psicodélica conectada a una red social que se presume de alto estándar universal, en la que la gente sonríe y se apresura a responder, interactuando solo con su conector, sin que un observador externo tenga la más mínima idea de lo que está sucediendo entre el individuo y su artilugio; a no ser que, según la literatura antropológica, el observador tenga conciencia de las relaciones en juego entre el sujeto y sus interlocutores, a través del mediador cósmico, el móvil. Ni el difunto Ray Bradbury se hubiese aventurado a especular tanto hace unos cincuenta o sesenta años atrás, aunque bastante se aproximó (échense su novela Fahrenheit 451, de la cual hay varias versiones cinematográficas, ninguna tan buena como el libro).

El gran trastorno de la comunicación humana, el mismo de siempre, se ha montado al tren de los progresos digitales. Cada vez sabemos más de los testículos de cualquiera, a una velocidad tan espantosa como el tiempo que tome el rebote satelital, que en el imaginario global se nos
confunde en prioridad con el incendio de Nuestra Señora de París o el del Amazonas. Las cosas van a tal punto, que la sofisticada mierda que antes embarraba a unos pocos elegidos, debe alcanzar ahora para todos. ¡Bendito progreso que ha puesto las cosas en su lugar! Ahora es más fácil saber quién es quién (si estás en el whatsappeo), ubicándolo en cualquier parque de La Habana o del mundo. El que no entre en esa contradanza electrónica, seguirá rezándole al Dios analógico, hincado de rodillas en la iglesia, ignorando, pobre fiel, que el Señor se mudó de ese altar hace rato. Ahora todas nuestras alegrías y desdichas se comparten sin pudor en la Nube verde-emotiva que se evaporó de aquel Valle de lágrimas. La colectivización de nuestra desventura espacial, inconscientes aún de que esta barca hace una lenta espiral hacia el sumidero galáctico, no es otra cosa que una nueva y multiplicada neurosis de ansiedades, depositadas en la incompetencia por sobrevivir como la especie que prefiere quemar petróleo, o catedrales y selvas, para tener datos móviles, cobertura…

La nueva cultura es la sumatoria de todas las culturas, las de antes, revisadas y puestas en nuevos anaqueles, y las de hoy, sumadas a una aplastante mayoría iconoclasta que hace gárgaras con todo lo que le pongan delante, si no beneficia su conectividad, su espacio en la democracia virtual. Cada vez más disipados de esta aburrida y brutal realidad, la espiritualidad global se inserta en un nuevo mercado mental, bien vivas en una choza en Burundi, o viajes en tu jet privado rumbo a Seychelles… ¡Todos somos iguales!, parece ser la falsa divisa de estos tiempos. Nadie puede negar que todo esto sea cultura, el que lo haga está embarca ́o, condenado al fracaso y el ostracismo. Desde su vertiginosa aparición, muchos artistas han sacado partido a los nuevos medios. Jorge & Larry ha precipitado (de lluvia, no de prisa) en soporte material, componentes doblemente virtuales, presumiblemente suspendidos en las redes y el intercambio directo, diseccionándolos de tal modo, que esta devolución estética, sarcástica, se convierte en un abucheo incompasible a la banalidad y el facilismo de una etérea parcela que permea esa tupida red de interconexiones, que no excluyen lo divino. Una vez dentro del juego, apercibidos de las reglas y sus disparates, más que de sus acepciones, todo será, al decir de Jamila M. Ríos, “(…) indetenible. Desde entonces pernoctamos en una casa de techo verde-vómito, paredes verde-ciruela bioluminiscente, puertas verde-mamoncillo, tirando a verde-Martí, y ventanas verde-cadete.”

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