TALLAPIEDRA. EL CORTE DEL DIRECTOR / Autofagia

TALLAPIEDRA. EL CORTE DEL DIRECTOR / Autofagia

El siguiente artículo da continuidad al segmento Autofagia, del Observatorio Entrópico de Palatino. El fin de esta sección es dar luz sobre transformaciones operadas en cualquier ámbito de la actividad antrópica, regularmente referidas a manejos extremos del entorno. El presente texto, abordado periodísticamente para su divulgación, es al mismo tiempo protocolo de entrada para un proyecto de investigación artística sobre temas afines.


Panorama habitual de Tallapiedra. Obsérvese la zona ventral de la columna de humo asolando las azoteas del vecindario. Imagen tomada desde Cuatro Caminos / marzo de 2020.


Los niños jugaban a ver quien tenía los mocos más oscuros y pegajosos. Fue una escena rápida, de pasada por el barrio de Atarés. La enrarecida atmósfera evocaba uno de esos filmes de anticipación distópica. El Sol de las nueve de la mañana, un círculo blanco, limpiamente definido, se podía mirar sin parpadeos a través de una densa columna de humo proveniente de la Termoeléctrica de Tallapiedra. En medio del bullicio citadino y las fachadas de los edificios cubiertas de un hollín opaco, Cuatro Caminos recordaba la aterradora visión de un futuro anticipado. No pude menos que imaginarme en el plató de una película, con los ingredientes básicos para narrar una historia apocalíptica. Unos meses después, de vuelta a los toques finales que le hago al largometraje que me armé en la cabeza, solo faltan los excesos del transporte público, restringidos para evitar contagios virales, por lo que todos llevan nasobucos, contrastados en contrapicado con un cielo de rápidos gases corrosivos adentrándose en la ciudad. Para enriquecer la Dirección de Arte, las partículas de polvo arrancadas al otro lado del Atlántico, en el Sahara, le dan al cielo un tono ocre seco. El ulular de una sirena de ambulancia se escucha pasar por la Avenida Cristina, confiriéndole tintes dramáticos a la banda sonora. Ahora todo encaja en la construcción del guion: llevan máscaras a causa de la contaminación. Por supuesto que, en la polución artística, en su doble condición de protagonista y producción de efectos especiales, fue absoluto el desempeño de la Termoeléctrica por toda la emisión de humo prodigado, en realidad, más del que se necesitaba para el rodaje. Así como agradecer, en un segundo momento de los créditos, para que no lo vuelvan a repetir bajo ninguna circunstancia. De ser posible, que desmantelen rápidamente todo aquello. En otro terreno, facilitando la disciplina de los anónimos extras bajo coacción, una pandemia global ha exigido que todos lleven tapabocas; arista que podría dar lugar a una secuela: “Planetoide infernal”.

La magnitud física de la Termoeléctrica es contrastante con el paisaje urbano tradicional. Imagen aérea de la Habana tomada desde el Norte / 24 de abril de 1929.


Recuperado de la ficción cinematográfica, fraguada por mí a mis espaldas, vuelvo a la realidad de la que tengo constancia desde que existo, casualmente, en esta misma ciudad. ¿Cuántas generaciones de habaneros llevan en sus pulmones, más que en la memoria, los efectos de este desastroso espectáculo industrial? Para tener constancia de lo anterior habría que revisar estadísticas desde 1914, fecha inaugural de la Planta Eléctrica, si es que alguna institución sanitaria o de otro tipo se consagró a lo que un humano desprevenido calificaría de “dilapidar el tiempo en intrascendentes menesteres”, nada menos que a lo largo de ciento seis años, cosa bastante improbable. Cuando menos, cuatro estratos generacionales han gozado de los beneficios de esta Planta, así como de su contraparte: el escape de gases por la quema de hidrocarburos y su consecuente acumulación en el organismo. Dotada originalmente de altísimas chimeneas para evitar molestias a los vecinos, la gigantesca fábrica ha suministrado buena parte de la electricidad demandada por una urbe en crecimiento y su acelerada industrialización. Los barrios que se asentaban, ya desde las postrimerías del siglo XIX, más allá de las obsoletas murallas de La Habana fundacional, aun no eran lo suficientemente populosos como para que un mayor número de personas se vieran afectadas por el smog. Pero, en poco más de un cuarto de siglo, el bum económico de las “vacas gordas” propició una explosión urbana y demográfica sin precedentes en la capital insular. La Habana se expandió como un herpes sobre la frágil epidermis de un paisaje hasta entonces dedicado a la agricultura y la ganadería, incrementando la demanda eléctrica. Tallapiedra es conocida popularmente por el nombre del barrio en que se asienta, y este, a su vez, lo debe al acaudalado comerciante español del siglo XVIII, José Antonio de Talla Piedra Rico, quien se instaló en la zona, procedente de Cádiz. Para comienzos de la segunda década del siglo XX, se le endilgó al barrio este pantagruélico consumidor de hidrocarburos, en las inmediaciones del otrora Real Arsenal de La Habana, próximo a los cuarteles de San Ambrosio. La previa existencia de una Fábrica de Gas, de la que pude constatar su trazado en un mapa de Esteban Pichardo, impreso en 1900, fue quizás la oportunidad de reemplazar el viejo inmueble por la novedosa Central.
Tan pequeña era La Habana de un siglo atrás, que aquello constituía, por este lado hacia la bahía, su perímetro urbano. La vecindad de este enclave con el desaparecido Cayo Cruz, vertedero de basura en la otra orilla de la ensenada de Atarés, era indicador fronterizo de la falta de previsión y planificación del crecimiento urbano. En algún momento, hacia las décadas finales del pasado siglo, el basurero fue removido de Cayo Cruz hacia un espacio más distante, aunque no lo suficiente, en el municipio Marianao (ver “¡Fo! Peste y decadencia en La Habana” en esta misma página), suerte que no corrió la Termoeléctrica. Tal reajuste, sin embargo, parece más bien un complot antiecológico, pues el basurero colocado en “las afueras” suministra abundante smog durante las noches, en dirección Sur-Norte, en tanto Tallapiedra lo hace en el transcurso del día, en dirección contraria. De modo que el área metropolitana queda suficientemente cubierta de estos factores corrosivos, higiénicamente adversos. El caótico paisaje fue más extremo cuando también funcionaba la ya desactivada Termoeléctrica Antonio Maceo, en el municipio Regla. Un gradual proceso de saneamiento para la rada habanera, es visible desde hace unos años, pero la magnitud de los contaminantes sigue afectando por aspectos que distan mucho de ser superados.

Nube tóxica procedente de Tallapiedra, avanzando en dirección Noreste – Suroeste sobre el municipio Cerro. Imagen tomada desde la Avenida Manglar, frente al parque de La Normal / mayo de 2020.


En mi infancia recuerdo a Tallapiedra expulsando humo a todo meter. A lo largo de mi vida, he visto como todo aquel complejo ha ido perdiendo partes por falta de mantenimiento, sobre todo las chimeneas, de las cuales solo una conserva su altura original. De las restantes, han desaparecido hasta tres cuartas partes de su verticalidad. Pero la que provoca el sistemático desajuste ambiental, no sé si definir como prehistórico o futurista, es una Estación contigua (Otto Parellada) construida con posterioridad, cuya chimenea irrespeta flagrantemente las regulaciones de altura establecidas para una estructura de este tipo. Podrán imaginar el desastre que esto representa para una población que vive al mismo nivel o por encima de ella. Por su inmediatez, Habana Vieja (donde está enclavada), Cerro, Centro Habana, San Miguel del Padrón, Plaza, y Diez de Octubre, son de los municipios más agobiados por el impacto de su contaminación, tomando en cuenta la dirección predominante de los vientos. Este elemento atmosférico, sumado a la céntrica localización de la Estación, es el aspecto que, como en el basurero de Marianao, más repercute a nivel urbano en la dispersión de las emanaciones. Mirando atónito las gruesas volutas de humo que se cuelan en cada intersticio de la ciudad, no dejo de pensar en las repercusiones psicofísicas en sus moradores, primer impacto inequívoco a escala medioambiental. Para este breve ensayo consulté someramente alguna bibliografía. El tono adusto y sombrío del que pensaba dotar mis palabras, cayó, sin ninguna trayectoria elíptica, en vertical. Bastó leer un artículo periodístico titulado “Termoeléctrica Tallapiedra en La Habana: ¿Un mal necesario?”, publicado por Alba León Infante en Periodismo de Barrio (15 de junio de 2019), para asumir que semejante investigación era un reto inútil de superar. La avezada Alba se adentró en las interioridades del tema, pesquisando entre los vecinos inmediatos de la psicodélica Planta. Los testimonios son simplemente dantescos. He transitado muchas veces cerca del lugar, cosa que repetí concienzudamente para escribir estas líneas. Luego de leído el artículo, no me representé, ni por asomo, residiendo cerca de allí. El título del reportaje lo tributa uno de sus encuestados, quien justifica que, la existencia y perturbadoras actividades de la Termoeléctrica, son un “mal necesario” (sin comentarios). Los efectos corrosivos del humo, que pensaba yo eran lo más drástico de la historia, son su lado visible, aunque también el de más alcance atmosférico. El resultado de la investigación arrojó que la contaminación sonora y química son dos de los elementos más mortificantes para los vecinos de este infierno. Les recomiendo sin falta leer este artículo.

Ubicación de la Termoeléctrica y modelo de dispersión de los gases contaminantes, tomando en consideración la dirección predominante de los vientos. Imagen satelital de La Habana.

Cuando se desentrañó el potencial nuclear para generar energía, muchos creyeron dar con el santo grial de la preservación ambiental, toda vez que su explotación no emite gases de efecto invernadero. Pero existe un gran contratiempo que hizo recular parcialmente a esta invitación: los desechos radioactivos demoran milenios en descomponerse, y su almacenamiento es tan peligroso como costoso. La diferencia entre una Central Nuclear y una Central Termoeléctrica, también conocida como clásica, o de ciclo convencional, estriba en el tipo de combustible empleado. Si bien la primera se activa por la fisión nuclear del uranio, la segunda lo hace a partir de la energía liberada a modo de calor, regularmente por la combustión de minerales fósiles. El calor desprendido es utilizado por un ciclo termodinámico, para propulsar un alternador y generar energía eléctrica. La principal ventaja en el empleo de este tipo de plantas, repercute en lo económico de su montaje y funcionamiento. Su adversidad, el impacto medioambiental. El coeficiente de toxicidad de estos minerales durante su combustión, dependerá de la composición natural de carbono en cada uno de ellos, siendo los más tóxicos, por este orden: carbón, petróleo y gas natural. Por ello, el dilema de la contaminación es crítico en el caso de las termoeléctricas que utilizan carbón como combustible, pues su quema acarrea como consecuencia la emisión de partículas y óxidos de azufre. En las de petróleo, como Tallapiedra, los estándares de expulsión de estos elementos son menores, pero se debe tomar en cuenta la presencia de óxidos de azufre y hollines ácidos, casi inexistentes en las plantas de gas. En cualquier caso, en mayor o menor medida, todas arrojan dióxido de carbono a la atmósfera, principal activo en el efecto invernadero, así como, en algunos casos, propiciadores de lluvias ácidas. La aspiración de los elementos pesados contenidos en el humo, son absorbidos rápidamente por el torrente sanguíneo, encargado de distribuirlo y depositarlo en órganos vulnerables, que no pueden procesarlos a ningún nivel fisiológico.

Haciendo una paráfrasis neumológica, la emisión de estos carbonos es equivalente a respirar dentro de una bolsa plástica. Si bien nos beneficiamos de la energía producida, simultáneamente nos respiramos las sustancias de la combustión-exhalación que queda atrapada en la atmósfera; algo así como reciclar el CO2 dentro de la bolsa a la que nos hemos hecho dependientes para subsistir como civilización. Los hidrocarburos son combustibles fósiles, una fuente de energía limitada, no renovable. Algún día, si nos damos oportunidad de llegar a ese momento, será inevitable el colapso de estos recursos, para mirar, finalmente, a los que todas las formas de vida, incluida la nuestra antes de la Revolución Industrial, han explotado para evolucionar y medrar en el planeta.

La insignificante elevación de la chimenea en la Estación 7 (Otto Parellada) de Tallapiedra, propicia el rápido ingreso de hollines tóxicos al organismo de cerca de un millón de habitantes. Imagen tomada desde el municipio Centro Habana / junio de 2020.

El efecto desencadenante que más alarma a los ambientalistas, por las obvias evidencias científicas, no es, en primera instancia, el referido a la contribución de CO2 resultante de la actividad industrial, que ha favorecido el efecto invernadero y el subsecuente calentamiento global. Si de los humanos dependiera, hasta ahí todo marcharía sin mayores consecuencias. La inminente catástrofe que se avecina, sin embargo, está determinada por el descongelamiento del Permafrost, llamado así al hielo fósil que sustenta el suelo de las regiones comprendidas dentro de los círculos polares. En el Permafrost está contenido uno de los factores más letales para convertir a la Tierra, de la noche a la mañana, en otro planeta. El metano, con su altísimo contenido de carbono, una vez liberado a la atmósfera, la haría irrespirable, revirtiendo su ciclo natural de retención y liberación de energía solar. Como resultado del descongelamiento de los casquetes polares, el nivel de los mares subiría considerablemente, haciendo desaparecer enormes extensiones de franjas costeras, donde se asienta la mayor parte de la población mundial; el abundante vapor de agua, en forma de nubes, reflejaría un elevado porcentaje de luz solar, transformando en pocos años a nuestro planeta, de una caldera en ebullición, a un infierno glacial.
A treinta y cinco años de ser construida la primera central termoeléctrica, en 1879, por Sigmund Schuckert en la ciudad de Ettal, en Baviera, y a treinta y dos de construidas las primeras centrales comerciales en el mundo, la de Pearl Street en Nueva York y la Edison Electric Light Station en Londres, Tallapiedra entraba en funcionamiento. En términos cronológicos, el lapso de tiempo es relativamente corto, más para una nación que recién se aventuraba en el veleidoso ejercicio de su soberanía, dictada mayoritariamente por intereses externos. Contextualmente, la indiscutible modernidad de la nueva Central no albergó espacios a críticas, sino todo lo contrario. Pero el tiempo y los progresos ofrecen otra perspectiva del tema. Es lógico que las máquinas experimentaran mejoras y sustituciones a lo largo de los años, pero a falta de piezas de reemplazo proveídas por los fabricantes, después de 1959 su deterioro no dio más, hasta la caída del bloque socialista. La unidad actualmente en funcionamiento, llamada Otto Parellada (Estación 7), reemplazó a la cesante Tallapiedra (Estación 6), aunque todo el conjunto se hace llamar popularmente por el mismo nombre. Hace años existen propuestas para refuncionalizar este cíclope tuerto, redireccionando sus actividades a otros usos sociales. El solo hecho de ser teóricamente interpretado como patrimonio industrial, para futuras aplicaciones culturales, es un progreso que valdría la pena poner en práctica. Al inaugurarse, el edificio recordaba un gran templo de inspiración Art Decó, adornado con cuatro altos minaretes. No deja de causarme fascinación el aspecto estético del ectópico inmueble, que nada tiene que ver con sus vecindades, ni en proporción arquitectónica, ni estilística; justo en lo que descansa su extravagante valor. Una década atrás, se especuló sobre la construcción o habilitación de una sede para albergar un museo de arte cubano contemporáneo. Es obvio que Tallapiedra saltó como un resorte entre las primeras opciones. Tal vez por ello, durante la 12ma Bienal de La Habana, un grupo de artistas realizó en la Estación abandonada una intervención plástica, “Energía para Tallapiedra”, validando simbólicamente la propuesta, al canalizar intelectualmente el término energía.
Actualmente, la imagen del complejo industrial recuerda la de un monstruo jurásico en descomposición. Su anexo activo, que funciona con aparente aleatoriedad en días que no es posible prever públicamente, da pie para anticipar una civilización decadente, como la película autorreferencial que vivimos, en la que los desgastes económicos y sociales le dan una lúgubre atmósfera de sobrevivencia a las inmediaciones y más allá. Pienso que el Corte del Director, a pesar de la elipsis entre el humo expelido y la aparición de un virus de alcance global, está más que justificado. A poco más de quinientos metros de allí, donde la gente hace colas interminables para alcanzar una ración de pollo en Cuatro Caminos, los niños se retiran el barbijo para jugar con los resultados contaminados de sus secreciones nasales, y ver quien las tiene más oscuras y pegajosas.

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