Archivos: Peña del Júcaro Martiano. Proximidad del Héroe en la Edad de Oro

Archivos: Peña del Júcaro Martiano. Proximidad del Héroe en la Edad de Oro

Hoy me toca presentar, como parte de la entrada Ponencias, del Archivo de la Peña del Júcaro Martiano, este texto del historiador y jurista Alenmichel Aguiló. Y aunque parece un artículo perfectamente escrito y estructurado, en realidad se trata de fragmentos escogidos para la ocasión del que sirviera de guía a la exposición oral del tema durante la duodécima Peña, celebrada la noche del sábado 9 de diciembre del 2005, en Camagüey. Aguiló, uno de los fundadores del legendario evento, nos propone un erudito acercamiento a la visión martiana del héroe.  Creemos oportuno rememorar esta ponencia cuando justamente se cumplen 125 años de la  caída en combate del Apóstol; en cierto modo, una materialización de estas visiones.

Mario Ramírez Méndez


DE LA PROXIMIDAD DEL HÉROE EN LA EDAD DE ORO

Dijo Emerson que es natural creer en los grandes hombres. Que la naturaleza parece existir para los excelentes y el mundo se sostiene por la veracidad de los justos: ellos hacen saludable la tierra. Desde el inicio de los tiempos, el héroe ha sido motivo de culto, adoración, divinización y estudio para los hombres.

Como atributo de una realidad material y psicológica, el héroe no necesita ser definido para que lo reconozcamos enseguida. Creamos y descubrimos a los héroes intuitivamente. Sin embargo, más allá del montaje de un panteón, ha existido en muchos pensadores el cuidado de determinar la esencia de lo heroico.

Plutarco consideraba al héroe como portador de notables virtudes, dignas de seguir. Virtudes universales que contrastadas con las manchas inevitables de cada individuo, resaltaban y se repetían generación tras generación en los grandes hombres. Podían ser trazadas “vidas paralelas” por la comunión en las virtudes.

Para Thomas Carlyle el héroe era el motor de la historia y la sociedad y, por añadidura, casi lo único valioso en ellas. Prefigurado superhombre, más que fundamento de su propia moral lo era de la moral de su tiempo y su ámbito, por eso con frecuencia llegaba a superarla o rompía sus moldes.

En Emerson el héroe sería realización, total o limitada, del espíritu humano universal. Por eso se refería a él como hombre representativo, que desarrolla en sí las cualidades que laten potencialmente en cada uno de los restantes hombres.

Ortega y Gasset observaba cómo el héroe resumía la identidad social y era más resultado del alma colectiva que de sí mismo y expresaba el contenido de esa alma y lo consumaba en su vida o su obra.

James Frazer se preocupaba, particularmente, por el héroe como víctima expiatoria —hombre que lleva en sí muchos hombres, diría Martí— y los psicoanalistas, indistintamente, lo contemplaron como catarsis de la conciencia colectiva o culminación de una realidad arquetípica de la psiquis humana.

He escogido —para referirme al tema heroico en Martí— un marco muy preciso, delimitado por las páginas de La Edad de Oro. El propio Martí se ocupó —repetidas veces— de señalar con cuánto cuidado y dedicación estaba siendo confeccionada la revista. Concebida con evidente finalidad pedagógica, “para los niños de América”, es de esperar que abordara temas capitales, seleccionados por ser entendidos como elementos básicos en la formación moral e intelectual de los hombres y mujeres del futuro.

El héroe aparece con insistencia apreciable, casi en cada página. Los tres grandes héroes de la libertad americana, Bolívar, Hidalgo y San Martín. Los de la Ilíada homérica, primitivos y violentos. Los de la América precolombina, cuyas vidas —siguiendo a Plutarco—podrían emparejarse a las de algunos grandes hombres de la antigüedad occidental. Así Natzhualpilli y Bruto, Xicotencatl y Demóstenes y Netzahualcoyotl y Salomón comparten virtudes que los aproximan por encima del tiempo y del océano. Los héroes de la creación, músicos, poetas y pintores —Bach y Beethoven, Miguel Ángel y Rafael, Dante y Shakespeare y muchos otros— que maduran a edades desiguales pero llevados por el mismo fuego. Guaroa y Guarocuya, su hijo, que comparten nuestra admiración con ese otro héroe de la compasión, el Padre Las Casas, que para Martí fue siempre tan especial, conquistador de corazones y conciencias y no de cuerpos esclavos. Y los héroes de Asia, Cheng Tseh y Cheng Urh —las doncellas guerreras de Anam— y su compatriota An-Yang. Y el propio Buda, lleno de piedad y conmiseración.

La vida de los héroes es en primera instancia lección de moral. Ejemplo a imitar. Consuelo del oprimido. “El que tenga penas —dice en La Última Página del primer número— lea las Vidas Paralelas de Plutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes, y mejor, porque la tierra ha vivido más, y se puede ser hombre de más amor y delicadeza”.

La imagen del héroe ejemplar está muy cerca de la del héroe que consuela. Los anamitas en su teatro contemplan una y otra vez la vida de sus héroes legendarios y una y otra vez se consuelan de su esclavitud animándose a seguirlos. “¡Quién sabe!”, repite Martí insistentemente, convencido de la fuerza del ideal heroico.

Max Weber diferenciaba —con fines metodológicos—la ética absoluta, de una ética de la responsabilidad. La fórmula permitiría suavizar la agresiva noción de que el fin justifica los medios y fundamentar la presencia de un pensamiento ético en cada esfera de actividad humana.

Podemos aprovechar la ocasión y sugerir la existencia de héroes cuya vida transcurre como defensa y representación de algunos o todos los atributos de la ética absoluta y la de otros héroes que se mueven impulsados por una especie de ética de la responsabilidad —artistas, pensadores, etc. Más adelante abordaré los móviles del héroe, y no es conveniente detenerse en ello ahora, pero sí incorporar al catálogo de los héroes una gama de personalidades y caracteres que habitualmente quedan fuera.

Carlyle y Emerson —que juntan bajo la misma denominación a Odín, Mahoma, Shakespeare, Dante, Lutero, Knox, Johnson, Rousseau, Burns, Cromwell y Napoleón; a Platón, Swedenborg, Montaigne, y Goethe— casi plantean que en cada actividad creativa del hombre hay un héroe posible, pero no explican cómo se relaciona esto con la condición del héroe de representante de una ética, una conducta valorada.

Martí hace la distinción, aunque no explica, ni mucho menos elabora una teoría a partir de ello. Para él los héroes de la ética absoluta son defensores de la libertad y la felicidad del hombre. Los notables —artistas, pensadores— ejecutan un mandato heroico relacionado con una actividad particular, en ocasiones —e idealmente— al servicio de la ética absoluta, pero no necesariamente ligada a ella por lazos inmediatos.

El héroe es admirado y reconocido por la sociedad como depositario de las cualidades morales que esa misma sociedad venera e intenta cumplir. El héroe identifica a su comunidad. La identidad colectiva se resume y defiende en él. La identidad, paradójicamente, es signo de diferencia y de similitud, en primer lugar, porque todos los hombres comparten el hecho de tener una identidad, por poco relevante que parezca.

Martí presta especial atención a aquello que constituye una “identidad” y cree que esta no solo “distingue» sino que también asemeja a los hombres en tanto se construye en todas partes de la misma manera. Es expresión formal de la misma naturaleza humana en desiguales condiciones. Por eso la importancia del paralelismo plutarquiano tanto en los héroes como en la cultura.

La identidad, a todas luces, pareciera una realización estética. A lo largo de La Edad de Oro Martí insiste en la descripción de la cultura material de los pueblos más diversos. Desde “La historia del hombre contada por sus casas”, hasta “La exposición de París”. ¿Por qué son las casas quienes cuentan la historia? La variedad casi caótica de modelos y sistemas constructivos admira, pero emana de una necesidad común a todos los hombres de tener casas, de una disposición compartida a construirlas. “El hombre es el mismo en todas partes”.

De igual forma el héroe —como las casas— es una necesidad y una disposición. La vida del héroe es la realización estética de una ética. En todas partes su dinámica interior es la misma, se construye y modela a través de itinerarios semejantes, paralelos, como los descritos por Joseph Campbell en El héroe de las mil caras.

El héroe defiende —activa o pasivamente— la identidad común. Con su actividad creativa la construye, fundamenta y preserva. La desobediencia al héroe puede ser catastrófica, como la de los indios que facilitaron la conquista por no escuchar a sus valientes y dejarse llevar de miedos y supersticiones. Y no es que el héroe esté para convencer, sino que es un convencido. Nunca el demagogo que esconde detrás de su aparente abnegación el afán de tiranía. Desobedecer al héroe no es desobedecer al hombre, sino a la disposición colectiva a la que ese hombre se ha sometido previamente. Es cerrar los ojos a aquella luz para cuya contemplación hemos sido educados por nuestro contexto, nuestra cultura, nuestras tradiciones.

El primer rasgo identificador del héroe martiano es precisamente esa luz interior. Relampaguea en los ojos de Bolívar, luce en la mirada verde de Hidalgo, asecha en la vista de águila de San Martín, resplandece en la constancia del Padre Las Casas y en la pureza del Buda.

La luz interior compele. El héroe de la ética absoluta obedece a la compasión. Comparte la pena del afligido e intenta salvarlo. Bolívar, Hidalgo y San Martín se lanzan a la lucha condolidos por la esclavitud de sus hermanos. El Padre Las Casas y el Buda sienten en su propio cuerpo el sufrimiento que habita el cuerpo del desdichado o el oprimido. El héroe se rebela contra toda tiranía, ya sea impuesta por el hombre sobre otro o sobre sí mismo. Las Casas actúa contra la tiranía de otros hombres, Buda contra la tiranía con la que el propio hombre se obliga.

La falta de decoro y dignidad —nos dice en “Tres héroes”— impulsa al hombre honrado hacia el heroísmo. Donde hay muchos hombres sin decoro, surgen, por oposición, otros con el decoro de muchos hombres. Y es que esa luz no es patrimonio de privilegiados sino bien común que no todos aprovechan con el mismo ímpetu pero que puede revelarse en cualquier parte, en el más humilde, en el que pareciera menos dispuesto.

En el artista, el creador, la luz interior impulsa a la acción creativa. En las historias de Bach, Miguel Ángel, etc. estos no se cansan de vencer obstáculos que los apartan de la consumación de su genio. Unos maduran más tarde que otros, pero todos acaban por obedecer un mandato oculto que logra al fin hacerse evidente. El destino de ser ellos mismos.

La luz interior es como la fe, que sin las obras no está completa. La luz compele, y se revela como un sentimiento del deber, inaplazable, al que se le es infiel si no se le obedece. La luz arma y configura el deber. Y el deber es el destino. Pero no el destino como imposición externa o fatalidad, sino en tanto encuentro con la esencia interior, con la naturaleza propia y verdadera, realización de la potencia en acto.

El destino es el límite de las cualidades interiores del carácter y en su obediencia se completa a sí misma la persona. Es gozoso: “no hay gusto mayor, no hay delicia más grande que la vida de un hombre que cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas”.

En la aceptación de ese destino se alcanza la coherencia última, la completitud del hombre, su íntima realización de potencia en acto y, finalmente, una suerte de redención como ideal heroico personal. El hombre es redentor —héroe— en cuanto descubre y persigue esta redención y, buscándola, descubre lo divino y ha sido descubierto por lo divino.

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