Contando las olas

Contando las olas

En este tiempo de un silencio tan turbio, el bullicio interior es acaso más turbio aún. Tal vez escuchas, o crees que escuchas, a tu espalda, un ritmo de pasos que hacen temblar la tierra.

Y rumores de casa en casa, esperanzas de boca en boca, viejos y nuevos fantasmas aburridos, temores mil, yertos recuerdos, espejismos que se arrastran a lo largo del horizonte: todo eso viene a sostener este silencio.

Y este silencio lo cala todo. Y de este silencio, sin embargo, te sostienes.

 Has visto la indescifrable y sombría espiral de las aves que hacen girar allá arriba el cielo cobalto, midiendo el largo y la altura de cada hora del día y de la noche. Como las olas que vienen desde el horizonte terrible y que tú cuentas por primera o por enésima vez lo mismo que si contaras gotas de agua.

Ah, ese líquido perfil de piedra, esa maldición del agua por todas partes que dijo un poeta.

 Y este mecánico conteo de sombras, imágenes mentales, rejuegos de la necesidad y la ansiedad, rosario de remembranzas; siempre sombras que vemos sólo contra la pared del fondo de la caverna: acaso nuestra propia sombra proyectada hacia adelante —ah, también la maldición de quien tiene, o cree tener, la luz a la espalda, o la ciudad a la espalda—, proyectada y en acción, desdoblada una y otra vez hasta la saturación, hasta el fin de la fiesta de las figuras que se mueven.

 De la alucinación. De las sombras incesantes que sostienen este silencio nuestro.

 ¿Eso que escucho es un eco que resuena entre las calles, las ondas que levanta una piedra real en el agua dormida? ¿O acaso, más probablemente, será el sonido que se repite y rebota entre las paredes de mi propio cráneo? Un sonido cualquiera. Como una sombra común contra la pared de la caverna. ¿Es el reflejo de un cuerpo tangible? ¿Hacia dónde iba ese cuerpo y cómo era exactamente su perfil? ¿O no eran más que formas que aparecen y se mueven sólo en mi mente, sólo en la pared de mi propio cráneo?

 ¿O recuerdos incesantes de los que están al otro lado del horizonte terrible? Aquella cara que vi hace tres años. Aquellos ojos que no he vuelto a ver desde no recuerdo cuándo. Aquella voz que tampoco volví a oír no sé desde cuál año, pero que ya no volveré a escuchar yo, ni nadie. Aunque dentro de mi cabeza se escuche su eco todavía.

 Y por fuera mi cráneo sostiene sobre sí su porción de cielo mudo, su gran sorbo del turbión de silencio, y una llovizna parece venir desde muy lejos para lavar este enorme vidrio arado hasta la sangre por el polvo. Pero tal vez es una llovizna imaginaria, el espectro de una lluvia probable pero imposible.

 ¿O es esa niebla ahí delante el recuerdo de un sueño que tuvimos? ¿Podemos ver los despojos de nuestros sueños actuar así, convivir así con la forma tangible de nuestras propias manos? ¿Puedes tú deletrear las palabras con que relatas una pesadilla sin perder ni por un momento el ritmo de esos pasos que resuenan, o que crees que resuenan, a tu espalda?

 En tu espalda, en tu cuello, en tu cabeza, dentro de tu cráneo, en el vidrio temeroso y polvoriento y anhelante de tu mente que recuerda y que sueña, entre los edificios de esas calles, de esa ciudad que va nadie sabe adónde, que crece por dentro y por fuera de sus muros y murallas, que se mueve como sombra total contra la pared en que acaba.

 ¿Sólo hay la pared al final de la caverna? ¿Acaso una pantalla al final de la bóveda para enumerar perfiles de agua, para orar al horizonte, para marcar latidos afanosos, para contar los soles: las olas?

Fotografía: Juan Pablo Estrada

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