Los muertos

Los muertos

Por la Avenida de Belascoaín corre una brisa que no es de este mundo. En pocas cuadras a la redonda de mi casa, en el barrio de Colón o en Cayo Hueso, tengo el privilegio de compartir la cotidianidad con las exangües ánimas de los ilustres Chano Pozo y Virgilio Piñera, o los pintores Arístides Fernández y Ángel Acosta León. Le da un toque de gravedad a mi rutina de trabajo (que no consiste en otra cosa que tomar fotografías de la gente), que tras largos vagabundeos agotadores me encuentre, de pronto, frente a la casa que ocupara en vida, a veces por brevísimo tiempo, el cuerpo de alguno de alguno de estos muertos.

   Ya sea donde compro cigarros por la noche, en la otrora insigne Cafetería OK, hoy íntimamente ligada al complejo funerario que tiene al lado, o en el inexistente tercer piso de un edificio que solo conserva dos, a menudo me estoy dando cruce con fantasmas de la zona. Es un poco estresante estar viendo solo muertos, y sinceramente, te puede poner mal de los nervios, pero diera lo que no tengo porque ya se hubiera inventado una cámara fotográfica para registrar la presencia de los espectros ¡Qué desgracia para el hombre no poder disfrutar en el presente de los inventos tecnológicos del futuro!

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